En todas las fotos que me hicieron montada en mi bicicleta, tengo cara de pocos amigos. Esta foto está fechada en domingo. Y parezco realmente enfadada. Por la bici y por el moño. A mi me gustaban mis trenzas, y los domingos mi madre se empeñaba en hacerme un moño. Y, además, seguía odiando montar en bici. El chaleco era granate, como la falda tableada. Esa mañana me acompañaba mi tía. Quiso bajar conmigo después del susto de la semana anterior. Mi tercer encuentro con la muerte. El primero, ya lo conté, el padre de mis maestras; el segundo, mi amiga del circo, que se fue tan callando. Pero éste, no he logrado olvidarlo nunca, porque ocurrió delante de mi incredulidad.
Estaba con mi abuela, esperando a cruzar al otro lado de la carretera para ir al mercado. De repente, todo fue caos y dolor. Yo solo la vi a ella, terminada su corta vida en el asfalto caliente de aquel día de verano. Los gritos. El asombro del miedo. Aquella niña se había escapado de la seguridad de su madre y había querido llegar antes al puesto de golosinas. Pero un autobús se cruzó en su camino y quebró un recorrido que nunca había tenido futuro.
Mi tía llegaba a casa en aquellos momentos y creyó que había sido yo la niña cuya muerte ya se difundía entre las gentes alarmadas.
Por eso, esa mañana de domingo quiso bajar conmigo al paseo. Para despejar dudas. Para asegurarme.
Años después, le hice un poema a aquella niña, de la que tampoco supe el nombre. A la que nunca he podido olvidar. El poema lo incluí en mi poemario Piel.
Aún te recuerdo niña
un poco despeinada y con los ojos cerrados,
un brazo subrayando un futuro débil y cobarde,
que huyó por alguna esquina de aquel día lento.
El otro brazo se escondía debajo de tu cuerpo inservible,
avergonzado quizá de haber escapado de la seguridad
del último verano.
El autobús frenó a cierta distancia,
lleno de rostros desencajados y temblones.
Aún te recuerdo niña,
desconozco el color de tu mirada y no sabré nunca
cómo sonreías.
Aún te recuerdo,
siempre niña.
A veces, he vivido por ti,
he amado en tu memoria,
he acogido en mi cuerpo al hombre,
para que tú sintieras la tibieza.
Mis hijos, algunas tardes,
también han sido un poco tuyos,
para que paladearas el sabor
de la dicha.
He devorado primaveras,
he pisoteado otoños, he reído un poco más,
he llorado un poco menos,
he deseado mucho,
en un intento de ofrecerte una porción de biografía,
de vivir por ti.
Aún la recuerdo,
niña sin nombre,
desvalida y rota,
un poco despeinada, exenta.
Se arrimó la noche, distraída e impasible,
y allí quedó su zapato
cavilando el asombro.
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