lunes, 21 de agosto de 2017

Como mi vida.






Escribo esto con la máquina de escribir de mis quince años.

Con las teclas rencorosas,
ubicadas en lugares olvidados
y con la imposibilidad
de borrar los errores.

Como mi vida.

He de hundir las yemas de los dedos
con fuerza
para hacer resaltar la tinta desvaída
sobre la hoja sorprendida y lastimada.
Se me rompen las uñas
y el ruido evocador del tecleo
me daña el alma.
La t se queda rezagada
cuando escribo te quiero
y las mayúsculas se resisten.
La encontré ayer en un rincón
de la habitación grande,
aquella tan fría dónde nadie quería subir.
La tecla del retroceso no funciona.

Como mi vida.

Y se acumulan las comas y los espacios,
se amontonan las pes y las erres,
negándome el perdón y los errores.
Vuelvo a dejarla en el altillo,
tapada con el pañuelo malva que llevo en el cuello.
Y cierro la puerta de la habitación fría 
y me acaricio los dedos heridos por el esfuerzo y la rabia.
Escribí muchos poemas con la máquina de escribir
 de mis quince años.
Tantos que ya no queda color ni orgullo en la cinta,
su soberbia ya es recuerdo.
Ahora se repliega bajo sus sueños
con la huella de unas manos ansiosas sobre su cuerpo, 
con la nostalgia de la tinta fresca, 
con la sed del movimiento y la prisa. 
En silencio.

Como mi vida.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Piel.


Sé que fue martes 


y que le daba la espalda

al futuro.

Que la primavera

se colgaba de las palmeras

con un brazo

y, con el otro, nos llenaba los ojos
de promesas.
Sé que era mediodía
y un olor de jazmines
brotó de algún enero,
de repente,
como un zarandeo de hombros,
como un aviso,
como un repique de campanas,
como una premonición.
Estaba de espaldas
y supo.
Se giró con parsimonia
y urgencia.
Era martes
y explotó el delirio.







Nos besábamos con la piel 


y con miradas ebrias.

Con un temblor de ansia

entre los dedos

y con el peso de un tiempo perdido.

Nos besábamos con los treinta años

de extravío,
con la rabia del engaño,
con justicia.
Regalábamos los besos a los álamos
y se quedaban tatuados en el aire,
en las hojas sorprendidas,
en los gemidos.
Nos besábamos con la inmortalidad
entre los dientes,
con la lengua voraz,
con la risa y la cintura.
Ardía la tarde y la azucena,
y la muerte, al vernos,
habia huido en silencio,
derrotada.