sábado, 22 de julio de 2017

Besos de nitroglicerina en el corazón.



"Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia"
Blade Runner.



     Este mes de Julio ha venido a casa mi segundo poemario.
     Un ramillete de poemas pergeñados en un mes de Diciembre turbio y tambaleante.
    Se me enredó en el cuello con rabia, terco.
    Me defendí con los ojos huidos y con cuartillas repletas de preguntas.
    Ellas, sólo ellas y el olor de la tinta, me alfombraron la salida.











     Ahora lo compartiremos en próximas presentaciones.

     Si queréis tener vuestro ejemplar, Fernando de la librería Punto y Coma de Leganés, libreriasindependientes, os atenderá con su sempiterna amabilidad.

Un abrazo.
De corazón.


jueves, 29 de junio de 2017

Bonjour tristesse.


   

   Verso los besos que nos dimos. Les pongo acentos y rimas consonantes, los abrazos los dejo en cómodos hemistiquios y me despido de ti con lipogramas y puntos suspensivos.

      Abro las noches al primero que llega y humedezco las esquinas de mi tiempo para ver pasar imposibles y días impares.
       No me salen las cuentas los jueves y cada vez soporto menos el olor a fracaso de la tarde de los domingos.
      A veces llueve en mis tobillos y las zapatillas de huir me pesan tanto que me quedo demasiado tiempo en mis mentiras. 
      No te dije adiós.
     Se me olvidó porque me entretuve comprando flores, las velas de la tarta y sábanas nuevas. Y un sombrero azul.
    Noté que eras nada cuando el reloj no llegó a dar las doce y aquí estoy, aún en la puerta, con las llaves en la mano y decidiendo si cierro o busco en la cerradura el hueco exacto donde introducir las dudas.



jueves, 22 de junio de 2017

El lubricán.

“Si le hubiera cortado las alas,
 habría  sido mío,
no  habría escapado.
Pero así habría dejado de ser pájaro.
 Y yo lo que amaba era un pájaro”.
(Mikel Laboa)



     Estoy esperando a Juan.
     Hoy es un día especial.
     Sobre la mesa, al lado de un ramillete de flores amarillas y de unas velas tímidas y  temblonas, he dejado un sobre cerrado, dentro espera el informe del médico confirmando un embarazo.  
     Por el horizonte cabalga un lubricán  distinto y yo estoy esperando a mi marido.
     Y sonrío.
     Ya sabéis que llevaba algunos meses algo descolocada y soñadora, y que deseaba con todas mis fuerzas ser invisible.      
     Apretaba los ojos por la noche pidiendo ser impalpable, aunque sólo fuera por unas horas, un día como mucho y que, cuando me despertaba por las mañanas, me giraba en la cama para mirar las puertas espejeadas del armario, esperando no verme reflejada en ellas, pero allí seguía, un poco despeinada y con los ojos festoneados de tristeza y  desamparo por la penuria del sueño y el infierno de la inquietud.
     Se me  ocurrió este anhelo loco de ser invisible porque no era feliz.
     —Mi marido no me quiere— os confesaba bajito—, me evita algunas tardes, me abraza sin fuerza, no me mira como antes.
     —Y me besa con los ojos abiertos.
     La semana pasada— os decía— colgó el teléfono con prisa y con fastidio cuando  llegué demasiado pronto de hacer unas compras, y hace unos días me di cuenta que miraba la televisión sin verla, con unos ojos  perdidos, ausentes, clavados en otro tiempo. Creo que mi marido ama a otra mujer.
     —Creo que no es feliz conmigo.
     Le podría preguntar.
  Lloraba a solas cuando se iba al trabajo, volteaba mil veces esa absurda idea para convencerme de que eran sólo figuraciones mías, cábalas de niña chica y le podría preguntar, pero, ¿ustedes creen que me contaría la verdad?
     Me abanicaría con pulcras evasivas, diría muy serio y aleteando las manos ante el pobre auditorio, que estoy un poco loca, que siempre he sido muy fantasiosa, que de qué me puedo quejar…
     Y yo, por las noches, deseaba con todas mis fuerzas volverme invisible, para salir con él cuando se fuera por las mañanas, para pegarme a su abrigo en el ascensor y aspirar con fuerza su olor, para rozarle los labios despacito, meter los dedos, suavemente, en su pelo y mirarle con ansia las manos, esas manos hermosas y alambicadas de las que mi piel tiene tantos recuerdos.
     Luego le seguiría, caminaría detrás de él, como un ángel custodio, maternal, estaría a su lado mientras se tomara el café en algún restaurante, me sentaría cerca en la oficina, viéndole trabajar y controlando el deseo y la codicia de abarcarlo entre mis brazos.

     Pero no era invisible. Cada mañana, al despertar, me miraba las manos, las piernas, y ahí estaban, corpóreas, palpables, no se veían las flores verdes de las sábanas a través de ellas.
     —Y mi marido sigue ausente, sigue mirando sin ver y me sigue besando con los ojos abiertos— confesaba a mis amigas.
     Pero ahora, después de pensar, de darle muchas vueltas, de contemplar la sonrisa de  la luna allá en lo alto y de sentir la esperanza removerse en mi vientre, he dejado de desear ser invisible;  no sé si alguien se ha cruzado en la vida de mi marido y en la mía, no sé cómo será el futuro, lo que piensa hacer conmigo, no sé nada, pero sé que ya no quiero ser invisible, no le quiero vigilar, no quiero saber, porque ¿se imaginan ver con los ojos lo que, por ahora, sólo intuye el corazón? ¿Tener la certeza  y  descartar para siempre esas bondadosas  dudas que me permiten seguir viviendo?
     En la farmacia me han dado unas pastillas y parece que duermo mejor, me he comprado un camisón de seda color caramelo y en la peluquería me han dado un tinte alegre que disculpa la melancolía que anida en mis pestañas.
     Yo cierro los ojos con fuerza cuando Juan me besa, para no ver los suyos abiertos. Yo le hablo mucho, pero sin mirarle, para no fijarme en sus pupilas ausentes. Yo le obligo suavemente a quererme algunas noches y juraría que musita mi nombre. Y cuando regresa a casa y oigo su llave canturrear bajito en la cerradura, el corazón me salta en el pecho como un corderillo travieso.
     Yo sería invisible sin él.

     Pero ahora le estoy esperando, en este día nuevo, con este sobre redentor apoyado en las velas consumidas, para anunciarle la génesis de otra vida, para ofrecerle mis hombros desnudos, para escuchar la cadencia de su voz cuando me dé las gracias, para olvidarlo todo cuando me pida perdón, para seguir caminando con él por la senda  de los días reconquistados, para recoger, en silencio y sin algazaras, los pecios de algún naufragio. 
     En la mesa, ataviada como un altar, espera una ofrenda.
     Soy mujer, soy fuerte, tendré un hijo, daré vida.
     Daré vida.
     No soy invisible.  

     Se ha hecho tarde, os tengo que dejar, voy a colorearme un poco los labios y las mejillas y a esperar, poderosa, plena, a  mi marido.

     El lubricán,
             desbocado, 
                         caracolea altivo tras los cristales.


*Imagen tomada de la red. Beso rojo de Joseph Dela Torre.

jueves, 8 de junio de 2017

La luna de Noviembre.


   


Chewie.



     A Chewie no le gusta la luna.


    Anoche paseamos por la avenida. Yo estaba, estoy, muy cansada de tantos días de trajines y despedidas.

    Me vendría bien un largo y lento paseo, pensé. Y salimos, Chewie y yo, a caminar el barrio y el silencio.

   Sabéis que es el perro de mi hija. El mío fue Haro. Ella ha ido a recorrer mundo, a volar alto y a descubrir rincones y me ha confiado a su chico para que le mime mientras dure su aventura.

     Y eso es lo que hago. Al pie de la letra.
    Ya sabéis que los dos perros se conocieron. Convivieron durante un par de meses antes de que Haro nos dejara.
     A Haro le gustaba la luna.
    La primera vez que yo, lunática perdida, se la mostré, mi perro elevó todo lo que pudo su algodonoso cuello y se quedó extasiado. Se convirtió en lunático y muchos vecinos nos han podido ver mirando hacia arriba en las noches hermosas de plenilunio.
    Anoche intenté mostrársela a Chewie, pero, más inquieto y disperso que mi chico, sólo le interesaban las farolas, las hebras de hierba y oler las rejillas calentitas de los coches.
    Me acordé de ti, Haro, me detuve largo rato en la acera, tirando, algo rabiosa, de la traílla de tu amigo y miré la luna llena.
   Me acuerdo de ti cada segundo, perro amado, a cada momento, en todo lo que hago, te veo en cada rincón de la casa y mi mano busca, durante el insomnio, tu cabeza y tu respiración.
    A Chewie no le gusta mirar la luna. Nuestra luna.
   Esa superluna que te veló aquella noche del Noviembre pasado, que descendió para acompañarte en el viaje, esa superluna que no volverá hasta el 2034.
    Quizá, mi amor, para entonces, habré logrado olvidarte.




Haro (2004-2016)

sábado, 3 de junio de 2017

Despedidas como ramos de gerberas.


      Comenzamos junio con la despedida de curso.
    A falta de la entrega de diplomas, que se hará con toda pompa y boato la próxima semana, nos hemos reunido, todas las chicas y chicos de las clases de todo, en una mesa larga y repleta de viandas y champanes, para dar por finalizado el curso que nos ocupa.
     Comentamos las tardes redondas y bulliciosas alrededor de pupitres con olor a infancia, recordamos las lluvias estrelladas contra los cristales de las ventanas de la clase, llamando la atención, intentando desviar nuestra concentración ante la desembocadura de aquel río o la prueba del nueve de una división loca. El viento de invierno entre las hojas de los álamos del jardín.
     Bulle la tarde de alegría ante la inminencia de las vacaciones. Les espera a mis chicas playas cálidas y juegos de siesta con los nietos. Relajo y meditación.
     Comemos con ganas en el salón fresquito de la sede manchega, con las aspas del ventilador revolucionando los cabellos y los volantes del pecho.
     Brindamos por el próximo curso. Por las historias y los dictados. Por la curiosidad.
   Luego, se escapan como niñas traviesas y regresan con un paquete envuelto en suspiros y risitas cómplices.
    Flores y libros. Poemas y dedicatorias.

    Aciertan. Siempre aciertan.







     Ellas, atentas durante todo el invierno, van tomando notas de mis preferencias, van descartando autores, y rodean con rotulador iridiscente, ese poeta, aquella novelista, el olor que prefiero. Y luego me lo ofrecen con miradas ahítas de cariño.


     Son días de fiesta en las casas regionales, de semanas culturales y de encuentros de primavera.
   Por eso, luego, después de los abrazos, marchamos a la Casa Regional de Salamanca, donde el grupo de Aseapo, asociación española de amigos de la poesia nos ofrecen un estupendo recital y también disfrutamos de una extraordinaria exposición de pintura.
    Escuchar a mi amigo Enrique Sánchez García, (Gandhi) leer el pregón que da comienzo a las fiestas.




Mis amigos recitando La-cabellera-de-la-Shoá

Puntillismo en grado superior.



Gandhi en plena lectura.

 Nos fotografiamos las mujeres para detener el instante gozoso.



Llueve en la noche.
Huele a jazmín y aventura.
El cielo es un boceto inacabado.

Regreso a casa con mi botín.

Y voy leyendo al malogrado poeta Félix_Francisco_Casanova:


Siempre tengo nostalgia
de lo que no he vivido,
la ventana se abre al frío
del ángel exterminador
y el año se llama invierno,
la sombra de mi cuerpo
flota como un cadáver.

Y voy disfrutando de Alfonsina:

Afuera llueve; cae pesadamente el agua
que las gentes esquivan bajo abierto paraguas.
Al verlos enfilados se acaba mi sosiego,
me pesan las paredes y me seduce el riego
sobre la espalda libre. Mi antecesor, el hombre
que habitaba cavernas desprovisto de nombre,
se ha venido esta noche a tentarme sin duda,
porque, casta y desnuda,
me iría por los campos bajo la lluvia fina,
la cabellera alada como una golondrina. 


Gracias chicos.
Hasta pronto.
Es un placer.
Pura vida.




jueves, 1 de junio de 2017

Presentación de Carlos del Amor y su novela El año sin verano.

     Último día del mes de Mayo, la Universidad Popular de Leganés, celebra el encuentro del libro-fórum. Este año el autor elegido fue el periodista Carlos del Amor y su novela El año sin verano.
      En el teatro del Centro Cívico José Saramago, desgranamos la obra y conocimos más a fondo al escritor.



Con, de izquierda a derecha, Carlos del Amor; Santiago Llorente, alcalde de Leganés; Luis Martín de la Sierra, concejal de cultura y Andrés Fernández, director de la Universidad Popular de Leganés.

     Y ésta fue la presentación que preparé como preámbulo a las preguntas que luego se le hicieron al autor:

"La vida a veces es tan breve
y tan completa que un minuto
-cuando me dejo y tú te dejas-
va más aprisa y dura mucho.

    Así, con este poema de Jaime Gil de Biedma, comienza Carlos del Amor, su primer libro, “La vida a veces”,  veinticinco relatos, historias de la vida común en las que ya se vislumbra la génesis y los personajes de sus futuros trabajos. Un libro que os recomiendo para leer este verano.
   Carlos del Amor es periodista en el área de cultura de los servicios informativos de TVE, articulista, conferenciante y escritor. Nacido en Murcia, tuvo claro desde siempre lo que quería hacer y cómo.
 “Busca un trabajo que te guste y no trabajarás ni un solo día de tu vida”, dice Confucio y ésa es la suerte que tiene Carlos del Amor.
   Como ya han dicho, aquí estamos otro año más, en este encuentro amable del libro-fórum, con un autor al que conocer y preguntar y un libro también amable, con historias redondas y cercanas.

La vida a veces es más rica.
Y nos convida a los dos juntos
a su palacio, entre semana,
o los domingos a dar tumbos.

   Y así es como pergeña nuestro invitado las historias, con la convicción de que la vida a veces es la mayor de las aventuras. Y nos regala testimonios de amor que trasciende la muerte, cuadros de un hombre sentado en un trastero ante trozos de su infancia, retratos de aeropuerto, trazos de la historia pasada, sueños, homenajes a hombres que nos dejaron huella, ausencias, corazones exentos, vivencias…
La vida entonces, ya se cuenta
por unidades de amor tuyo,
tan diminutas que se olvidan
en lo feliz, en lo confuso.

    En su segundo trabajo, la novela que hemos leído durante el curso, “El año sin verano”,  el escritor se comporta como la distribución de uno de los pisos de la trama, en el que entrabas y ya estabas dentro, valga la redundancia, dice; como el diablo cojuelo, nos convierte a todos en voyeurs, nos provoca el morbo ante el piso cerrado y ajeno  y tiene, siempre en sus manos, las llaves de nuestra atención.
    A Carlos le gustan las palabras, la cultura, el arte en todas sus manifestaciones, es un eterno diletante; su trabajo como contador de eventos en televisión lo realiza con tanta ilusión y honestidad, que nos transmite un cierto color magenta en su voz y fija  y hermosea la noticia dándole el toque característico que lo define, manteniéndonos con el postre detenido.
   A Carlos del Amor no le gusta planificar a largo plazo, se mueve con soltura en las redes sociales, confabula, busca respuestas, le agrada  perderse en los museos y es amante de los gustos sencillos.
   Dice que con un sandwich y ante la pantalla de un cine de verano o saboreando un helado mientras espera el lubricán sobre el templo de Debod, es totalmente feliz.
   Enamorado de su pareja y de sus hijos, de la familia; del fútbol y de las buenas series, como los Soprano o Modern Family; de la literatura latino americana, de Página 2, del nuevo periodismo o de autores españoles contemporáneos y de la poesía visual e inteligente de la fotografía de Madoz, entre otros.
La vida a veces es tan poco
y tan intensa- si es tu gusto-…
Hasta el dolor que tú me haces
da otro sentido a ser del mundo.

La vida, luego, ya es nosotros
hasta el extremo más inmundo.
Porque quererse es un castigo
y es un abismo vivir juntos.

   Hoy no es un día cualquiera, Carlos responderá a todas las preguntas que queramos hacerle, vamos a decirle que hemos disfrutado con su verano y con los inquilinos de ese edificio de la calle Alcalá, con las historias de amor que se ovillan entre las escaleras y el patio interior, tras las puertas cerradas, y nos descubrirá, si le parece bien, cuánta biografía ha volcado en las páginas de sus libros, cuánto de Javier, Alberto o Simón tiene y para cuándo podremos familiarizarnos con la narcolepsia de su abuela, como lo hemos hecho con el síndrome de Korsakoff.

    Carlos del Amor nos provoca en sus libros estupor y temblores, trabaja entre sueños y, con la grandeza de sus historias mínimas, nos invita a pasar sin llamar, porque nos promete que siempre habrá una luz encendida, que nunca estará fuera de cobertura.

    Carlos del Amor es todo lo dicho, pero, por encima de todo eso, creo que Carlos del Amor, será siempre un hombre enamorado".







    
     El autor firmó ejemplares de la obra y, creo que satisfecho, se despidió de todos cuando ya la tarde declinaba entre los rosales de la avenida.

   La vida a veces...

martes, 30 de mayo de 2017

Una pausa.

NULLA DIES SINE LINEA.
    



     El taller de escritura creativa y ludolingüística "Asiole Dorpa", se toma un respiro.
      Dicen los talleristas que la playa les llama, que desean escribir con los pies mecidos por el calmo oleaje, que se quieren dejar acariciar por las nubes bajas de comienzo de verano, que quieren cambiar el color de los bolígrafos y estrenar cuaderno.
     Nos hemos dado abrazos con letras góticas y besos exquisitos, como los haikus que hemos ido almacenando en las estanterías de la clase.
    Nos hemos susurrado secretos en prosa poética y nos hemos prometido una carta larga para leer el primer día de otoño.
       Nos hemos dado las gracias lanzándonos centones de sentimientos y ojos velados.
     Hemos cerrado la puerta despacio, dando una última ojeada a la pizarra llena de binomios fantásticos y caligramas  imposibles.
     El curso que viene más, pero mejor, con más vida y calor, porque eso es lo que tiene gastar pluma y papel, eso es lo que tiene estar ebrios de olor a tinta y vocales esparcidas. 
     Eso es lo que tiene vivir más vidas y gozar con tanta intensidad.
    Dibujar el corazón en cada hoja y dejarlo allí, expuesto a la lluvia y a las sonrisas cómplices.

    Chicas, chicos, os deseo un feliz verano, os deseo que viváis todos los días de vuestra vida.
     Y no dejéis que pase ningún día sin agarrar el bolígrafo con fuerza de loco.

Pura vida.










sábado, 13 de mayo de 2017

Poemario.


"Todos estos momentos
se perderán en el tiempo
como lágrimas en la lluvia".
 (Blade Runner)


Por corregir galeradas. Fuera de cuentas.
Poemas sobre un mes al borde del precipicio.



Aquel fue un diciembre turbio. 
Se me enredó en el cuello con rabia, terco.
Me defendí con los ojos vacíos y con cuartillas repletas de preguntas.
Ellas, sólo ellas, me alfombraron la salida.

jueves, 20 de abril de 2017

Presentación Modesto González Lucas.




Con José Antonio Chico y Modesto.


 Fe de vida.

La palabra da fe de mi existencia
sometida a la forma del soneto.
Palabra en libertad, sutil secreto,
engendrada en el cuenco de la esencia.

La noche, sostenida en su potencia,
renueva la armonía de lo escueto,
sincera conjunción de lo concreto
en la dulce quietud de la conciencia.

La mañana en la calma bendecida.
La palabra hecha carne. La evidencia
de la luz se me impone sin medida.

Me adentro en el asombro de la vida.
Aunado el palpitar de la existencia,
doy fe de una bondad desconocida.

     Este soneto pertenece al libro Sonetos del descampado; en este poemario  Modesto habla de la vida, de la muerte, da forma y fondo a los meses del año, pergeña versos con su Leganés, con los alrededores, con nuestros monumentos, homenajea a amigos: Adolfina sentada entre las flores/estaba como ausente. La tristeza,/diadema de cristal en su cabeza,/la sumía en intensos sinsabores.
   He presentado a Modesto González Lucas, en varias ocasiones, una de ellas fue también en un mes de Abril en el desaparecido Café Comercial, hace tres años. Le he presentado en mi casa cultural de Castilla- La Mancha, en la Libre de Barrio, en las aulas de la UNED… hoy aquí. Me lo propusieron él y Mari Carmen, su mujer, y no me pude negar, porque, aunque poco puedo descubrir ya de su persona y de su trayectoria, siempre tengo un poco más de admiración hacia este poeta-amigo que lleva en la mirada el paisaje, su campo de batalla, su camino de perfección.
    Si diré que Modesto González Lucas nació en Madrid un 9 de Agosto, el mismo día en que la segunda bomba atómica dejaba caer la muerte sobre la ciudad japonesa de Nagasaki.
   Que vive en Leganés junto a su mujer y compañera Mari Carmen Ferreras, a la que dedica casi todos sus libros, a la que ofrece sus más sentidos e íntimos poemas.
    Que es licenciado en Ciencias de la Información y Humanidades y ha ejercido de periodista y dirigido varias publicaciones durante bastantes años en Leganés y toda la zona sur de Madrid. Que es perpetuo estudiante.
   Que es un escritor curioso, interesado por todo, un paciente historiador que, a través de sus relatos y poemas, nos deja una impronta de nuestros días, de nuestra geografía, del pasado, haciéndolo presente y, a veces, futuro.
   Ha publicado los libros Anita, fiel a su memoria, sobre una mujer luchadora y relevante, impulsora de la igualdad y la justicia, que se instaló en Leganés a comienzo de los años 70 y fue amiga personal del matrimonio: La casa está en silencio, suspendida/ en la calma que irradia la mañana./ Anita se levanta, su ventana,/ como su corazón, se abre a la vida.
   Ha escrito, El músico que vino de Valencia, un precioso y preciso retrato del director de la Escuela de Música de Leganés, D. Manuel Rodríguez Sales y del discurrir del tiempo en la Pablo Casals.
    El libro de relatos Cuentos de la ciudad dormitorio, racimo de historias cotidianas y sorprendentes asentadas en su mayoría en Leganés, su localidad, con personajes cercanos  y en las que todos sus habitantes, en mayor o menor medida, se vieron reflejados.
    Y los libros de poemas  Sonetos del descampado, del que hemos hablado,  En el huerto de los Castaños  y El paisaje en la mirada, donde nos lleva en volandas por todos los rincones del planeta, un poemario que deberíamos llevar si visitamos Nueva York: Ciudad de Nueva York, urbe incipiente,/ soledad de cristales por los cielos./ El cemento despliega sus anhelos/ ondulando su imagen bajo el puente.  París: A las puertas del Louvre, transparente,/ la madrugada es gris melancolía./ Un violín, una suave melodía,/ entre los dedos de una adolescente.  Y así con otros países del globo, en los que comprobamos el dominio del poeta por la técnica y la precisión del verso, del soneto preferentemente, forma de composición que viste de etiqueta al poemario.
    Modesto lleva el poema en la retina cuando contempla el mundo y sus veredas, versifica el paisaje en la mirada, busca, indaga, encuentra, hermosea y derrama sobre la hoja en blanco todo el arsenal que acumula, para deleitarnos, para instruirnos y compartir con los lectores todo el bagaje que, día a día, incansable, no deja de acumular.
    Modesto, hombre observador social y comprometido, ha puesto también su buen hacer y su pluma en la lucha contra las injusticias, en este caso sobre el duro tema de la hepatitis C., a pie de calle y con la publicación de un poemario, Vivir, ha exigido con su verso y su voz y junto a la plataforma de afectados por la hepatitis C, la solución al problema.
   Esta tarde nos ocupamos de su último poemario, Campo de batalla, Camino de perfección, donde se explaya con una tierra que ama especialmente: Ávila, en la quietud de la meseta; sus murallas de silencio y de granito; sus puentes; sus sierras; sus aguas y sus personajes. Teresa de Ávila o San Pedro del Barco, sus amigos, sus recuerdos, su lugar de meditación.
   Modesto es poeta, no sólo por los versos que compone tan delicada  y perfectamente, sino por su mundo interior y, en este poemario, que me ha gustado de manera especial, logra mostrarnos la espiritualidad,  el éxtasis y la mística de un tiempo enriquecido que nos muestra y que no nos podemos perder.
   Fundirse con el silencio, asentarse en la quietud, encontrarse en la raíz. Entrar sin ruido a escondidas en lo más hondo del alma, con hambres de eternidad. Alcanzar lo inalcanzable y no poderlo abrazar, nos dice la santa.
    Quiero hacer hincapié en el poema-biografía  sobre el presbítero   San Pedro del Barco, es una obra maestra que hay que leer despacio, masticando y gozando: Pedro del Barco se sienta- a meditar bajo un roble,- entre sus dedos desgrana- un rosario de oraciones,- la tarde se desvanece- sobre las aguas del Tormes.
    Escribe sobre los amigos ausentes, a su amor: Te pido perdón por nada,/ por mirarte y no mirarte,/ por quererte y no quererte./ Te pido perdón por todo,/ por perderme en tu mirada/ cuando sueño con la muerte.
   A la infancia: Mi madre cose…/ junto al balcón,/ en el silencio/ del corazón.
   Y a la muerte: Mis cenizas dormirán/ a la sombra del castaño,/ esparcidas en la hierba/ por el amor de tu mano.
   Desde Leganés,  Modesto contempla los montes de El Tiemblo y sueña, desde El huerto de los castaños, el poema surge como un torrente apaciguado.
    Poco más quiero y debo decir sobre este excelente poemario, porque es el autor el que queremos que nos desgrane el germen que le inspiró, su querencia por Teresa de Jesús, por sus tierras y por el ermitaño san Pedro del Barco. Cómo se documentó para ello, cómo discurrió su elaboración y cuáles son sus próximos proyectos.
   Enhorabuena Modesto y me tienes a tu disposición para presentarte en tantas ocasiones como desees porque disfruto y aprendo con tu poesía.
Gracias a todos.


Jueves, 20 de Abril de 2017.
Centro cívico Rosa Luxemburgo.

Leganés.

miércoles, 12 de abril de 2017

Una hermosa luna llena.



Eva sopló las trece velas de su tarta de cumpleaños y aguantó estoica pero feliz los aplausos de su madre y amigas.
Había pedido un deseo que, estaba segura, era compartido por todas las compañeras de su clase en el instituto donde cursaba sus estudios: deseó que Adrián, el guapísimo as del balonmano, se fijara en ella.
Una pequeña nube ensombrecía la celebración, hacía cinco meses que había muerto su abuela. Su querida abuela, que la cuidó siempre con tanto mimo mientras Marina, su madre, trabajaba como enfermera en el hospital de Barcelona, y Eva hubiera cambiado de buena gana la atención de Adrián porque su abuela estuviera allí, a su lado, apagando con ella las velas, como en años anteriores.
Había sido una niña feliz. Su madre y su abuela le habían dado mucho amor, se había sentido querida en todo momento, pero Eva no podía dejar de pensar, y mucho más en días como aquel, que le faltaba algo muy importante en su vida.
Desechó la triste idea con un movimiento de cabeza y se dispuso a repartir la tarta entre todas las personas que, en ese momento, la acompañaban en la fiesta que su madre había preparado para ella, en la amplia terraza de su casa.
Las jardineras repletas de flores que la circundaba, estaban ese día más vistosas que nunca, como en un homenaje colorista.
Por la noche, a solas en su habitación y mientras colocaba todos los regalos, no pudo evitar que una lágrima escapara de sus ojos adolescentes, echaba en falta dos: uno de su querida abuela y el otro de su padre.
¡Mi padre!.
Le gustaba decir esa palabra en voz alta cuando se sabía sola, ya que nunca se la había podido decir a él personalmente.
No conoció a su padre, no sabía cómo era, qué aspecto tenía, cómo sonreía ni cómo acariciaba. Nunca pudo ir por la calle de su mano, no pudo hacerse una foto con él el día de su primera comunión y nunca le pudo entregar un regalo en el día del padre, un día que ella odiaba y que, generalmente, pasaba en la cama aduciendo un repentino dolor de cabeza.
Desde que fue consciente de ello y preguntó a su madre, siempre encontró la misma respuesta: que era marino y que, cuando ella era muy pequeña, desapareció un día en el mar y que le dieron por muerto. Su madre le dijo que, por desgracia, no tenía fotografías de él. Por las vagas respuestas que le daban a sus ansiosas preguntas no se había podido hacer más que una ligera idea de su aspecto, su imaginación ponía el resto.
Para ella su padre debió ser simplemente el mejor y en su corazón siempre quedaba un rinconcito para su recuerdo.

*
Un sábado por la tarde estaba dando un último repaso a sus notas para el examen de inglés del lunes siguiente, mientras su madre veía la televisión en la sala contigua. Estaban dando las noticias. Algo vio su madre que la disgustó porque oyó un grito ahogado y apagar con rapidez el aparato.
Salió de su cuarto y encontró a su madre sentada en el sillón, muy pálida y tapándose la boca con las dos manos. Mantenía los ojos cerrados con fuerza.
Sólo tuvo que sentarse a su lado y ponerle la mano en el hombro como para darle apoyo y pedirle una razón. Su madre habló, le contó todo. En las noticias habían comentado la puesta en libertad de Andrés Luján, un pederasta y violador que había ingresado en prisión once años antes.
No tuvo que preguntar, su madre se lo dijo sin vacilación después de tantos años de silencio: Andrés Luján era su padre.

A los tres años de casados, le hallaron culpable de varios intentos de violación a niños y sospechoso del asesinato de uno de ellos, aunque nunca se pudo demostrar por falta de pruebas.
Fue condenado.
Ella nunca había sospechado nada y se quedó destrozada.
Rompió todas las fotos y se desprendió de todos los recuerdos que le pudieran relacionar con él.
Pero de ese breve y frustrado matrimonio quedó una niña de año y medio a la que intentó apartar para siempre del horror que le produjo saber la verdadera personalidad de su marido. Quiso olvidarse de todo como de un mal sueño.
Eva comprendió entonces las evasivas de su madre, la imposibilidad de que, aunque callara la verdad, no pudiera tampoco inventarse un personaje sólo para hacer feliz a su hija.
Pasaron tres días en casa sin salir. Eva mintió sobre una gripe y se comprometió a hacer el examen de inglés otro día y su madre tampoco fue a trabajar.
La niña, porque necesitaba tiempo para asimilar la identidad del padre que tanto había añorado y la madre, por un temor cerval a que intentara acercarse a ella o a Eva, a la que su marido nunca volvió a ver, Marina no accedió a llevarla a la prisión a pesar de recibir llamadas para que le visitara algún día con la niña. Tenía demasiado miedo y demasiada decepción.

*

     Acababa perezoso el verano, Eva y su madre habían pasado quince días en una casa rural en plena montaña vasca y volvían con nuevos bríos a la rutina. Marina volvería al trabajo en el hospital y Eva tendría todavía unos días libres hasta que el curso empezara de nuevo; los emplearía para arreglar los papeles que necesitaba y para ir a visitar a las compañeras y contarse las novedades acaecidas durante las vacaciones estivales. También  recabaría información solapada sobre Adrián, no había que perder las esperanzas.
La charla con sus amigas en el burguer del centro comercial donde habían quedado para merendar se había alargado más de lo previsto y casi anochecía cuando Eva se despidió del grupo y se dirigió a su casa, respirando agradecida la brisa refrescante de principios de Septiembre.
Iba sonriendo, recordando las graciosas anécdotas contadas en la reunión y la posibilidad, según sus amigas habían visto en las listas, aún provisionales, de que el chico de sus sueños estuviera en su misma clase, cuando se adentró en el pequeño parque que había antes de llegar a su casa, muy cerca de ella, tanto, que desde la ventana de su habitación podía ver el coqueto laberinto que formaban sus arbustos, los bancos de negro hierro forjado que salpicaban el centro y las altivas farolas que daban un aire bucólico al conjunto.
Se agachó para sacarse una piedrecita que se le había metido en la sandalia y, de repente, se vio empujada por una fuerza sobrenatural que la hizo caer de bruces; notó cómo las pequeñas chinitas del suelo se clavaban en sus mejillas, y la boca, al gritar, se le llenó de arena. Alguien muy fuerte la mantenía inmóvil, mientras unas manos mojadas la palpaban con ansiedad y hurgaban debajo de la blusa. Una hoja cayó planeando lentamente y se posó en su pelo, Eva se preguntó, a pesar del pánico que la paralizaba, si sería la primera hoja derrotada del incipiente otoño.
Los gritos se ahogaron cuando el hombre selló su boca violentamente con una enorme mano y Eva pensó, al faltarle el aire y a punto de perder el sentido, que iba a morir y lo mucho que sufriría su madre cuando lo supiera.
Sin dejar de taparle la boca con la mano el hombre la volteó y, con un rápido movimiento sacó una navaja que dirigió a la garganta de Eva, que miraba los ojos desmesuradamente abiertos de su agresor y el horrible rictus de su boca jadeante, de donde se descolgaron unas gotas de saliva que cayeron en el palpitante pecho de la joven.
Con un hilo de voz la niña suplicaba que no la matara, el filo de la navaja le impedía hablar, notaba su presión y temía que sólo con su propia respiración la hoja penetrara en su garganta. La mano izquierda del hombre se afanaba impaciente y nerviosa por la ropa de la chiquilla.
En un momento dado sus miradas se cruzaron, implorante y desesperada la de la niña, feroz y acuosa la del hombre.
Levantó éste con presteza la mano que empuñaba el cuchillo, la niña clavó sus ojos en los del hombre, deseando ya simplemente que su muerte no fuera demasiado dolorosa.
El tiempo se detuvo, el brazo armado quedó suspendido en el aire y Eva miraba ahora sus dientes, regulares y blancos  y un pequeño dragón tatuado en el antebrazo. Volvió a sus ojos  y notó una metamorfosis en la mirada del hombre, al tiempo que dejaba caer lentamente la mano y depositaba el cuchillo en el suelo.
-¿Cómo te llamas?-
La voz de su atacante era suave, moderada, en franco contraste con el gesto desabrido de su boca.
Con la suya llena de tierra y saliva le dijo su nombre, los años que tenía y el nombre de su madre, respondiendo a todas las preguntas que el hombre le hizo, como si estuviera interesado en hacerle una completa ficha antes de acabar con ella.
-¿Y tu padre?-
-Murió, pero se llamaba Andrés- no se le ocurrió otra respuesta.
La niña notó una agradable liberación cuando el hombre se levantó cansinamente con los brazos colgando a lo largo del cuerpo, el cuchillo olvidado en el suelo y boqueando a intervalos, como un pez demasiado tiempo  fuera del agua.
El estridente ruido de un tren que se acercaba a la estación del otro lado del parque, ahogó las palabras que el hombre decía moviendo la cabeza en rítmicos movimientos de negación. Giró, como si despertara de pronto,  en dirección al sonido del emergente tren y, como si obedeciera a una orden tajante e invisible, se agachó y, cogiendo a la niña como si tomara su chaqueta del respaldo de una silla, echó a correr hacia  aquel ruido.
Todo ocurrió tan rápido que Eva no pudo entender nada.


El hombre corría torpemente, apretándola exageradamente contra su pecho; llegó a las alambradas que separaban el parque con las vías del tren y por un hueco en que el alambre había sido arrancado, entró, agachándose un poco y sin soltar su cargamento. Eva sintió un dolor en la pierna al arañarse y una de sus sandalias quedó allí enganchada.
El rugido creciente el tren ocupaba toda la noche.

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     Lo primero que vio cuando despertó fueron los ojos enrojecidos de su madre, le explicó, antes de formular ninguna pregunta, que se encontraba en el hospital, que estaba bien, sólo unas pequeñas magulladuras y que se irían a casa en cuanto la doctora volviera con el parte de alta.
Se lo contaron todo con mucho tacto, le procuraron la ayuda necesaria para que asimilara la noticia lo mejor posible, para que no sufriera daños, para que comprendiera.
El hombre que la atacó había muerto arrollado por el tren, a ella la encontraron inconsciente al lado de las vías. Se llamaba Andrés Luján y hacia apenas unos meses que había salido de la cárcel.

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Eva sonrió con dulzura al hombre que la miraba desde la fotografía enmarcada que tenía en su mesilla de noche. Su padre.
La había recortado de uno de los periódicos que dieron la noticia. Buscó la foto en que se le veía mejor, y, a pesar las protestas de su madre, la colocó en su vida.
Aquella noche conoció el pánico, olió la cercanía de la muerte, pero también recordaba aquel instante en que los ojos de su padre reconocieron los suyos, recordaba aquellas manos que la abrazaban en la huida incierta y, sobre todo, recordaría siempre el beso que le dio antes dejarla en el suelo.
Su padre.
Tomó la fotografía y apretándola contra su pecho, se acercó a la ventana desde donde, después de mirar el silencioso parque que, como una nocturna acuarela, se extendía a sus pies, se fijó en el oscuro cielo de Septiembre donde se dibujaba, solitaria, una hermosa luna llena.


(Relato olvidado. Apareció, allá, al fondo de un cajón. Sin fecha. Lo cuelgo en esta percha, esperando ver si merece o no un planchado).


* Imágenes tomadas de la red.