miércoles, 12 de febrero de 2025

De inviernos y cicatrices

 La foto tiene la fecha al lado, 1970. Verano.

Tenía un seiscientos descapotable. Un lujo. Color butano. Se calentaba a veces cuando se le daba caña por las carreteras hirvientes de La Mancha. Y, aquel año, las recorrió enteras. Esta foto está tomada a la entrada de una fábrica que visitamos. De azulejos. Aquel día llevaba una falda larga de colores surtidos, zuecos rojos con plataforma y una camiseta de punto ajustada. No me quise poner nada debajo. Por el calor.
Meses más tarde, ya invierno, me dejé el bolso olvidado dentro de mi coche naranja cuando íbamos a entrar en el cine, estaba algo enfadada y no quise decirle a mi pareja que volviéramos a por él, porque habíamos aparcado bastante lejos. A la salida, el bolso había desaparecido. Un enorme "siete" adornaba la lona del techo que hacía que mi seiscientos tuviera la categoría de descapotable.
Siempre he llevado la vida dentro del bolso. En aquella ocasión perdí, además, un par de libretas con todos los poemas que había ido haciendo durante aquel año. Tardé en recuperarme. No lo he hecho. Aún sigo llorando aquella pérdida. Mi coche quedó algo acobardado después de aquello. Aunque le cambiamos el techo, nunca fue el mismo.
Y miro la foto. Y recuerdo aquel verano. Nada debajo. Por el calor. Y recuerdo a mi coche, con su cicatriz. Acobardado.
También ahora es invierno. Voy a bajar a la calle para andar un poco un desasosiego extraño. Llevo pantalones negros, camisa blanca y zapatillas de huir.
Debajo, nada. Solo un cúmulo de nostalgias y el dibujo de una cicatriz en el pecho que, como entonces, me ha dejado sin poesía.





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