miércoles, 28 de octubre de 2020

Ligera de equipaje

    


      Estoy haciendo sábado como decían en mi casa. De cuadernos. Reviso las nostalgias y deseos que contienen, hago cruces sobre ellos con un rotulador negro de punta gorda y los echo en una bolsa para el contenedor. Guardarlos, para qué?

       Eso sí, los reviso antes, no vaya a ser que me encuentre con algún recuerdo que se me haya olvidado. He rescatado alguna fecha, aquella mirada, ese desengaño, mil proyectos, insomnios, pero creo que nada importante.

      Y a este poema, antes de tirarlo, escrito hace demasiados años, creo que le voy a dar su minuto de gloria. Lo escribí, cuando me invitaron a una boda en una residencia de mayores.

Me he detenido en el patio de la residencia,
las flores ponen color a los árboles viejos,
el sol ese día era de cobre y fuego,
las ventanas se abrían a pájaros emigrados.
Hemos vuelto al Paraíso, me susurran,
aquí no hay peligros ni asusta la noche,
como en aquel, hay adanes y evas
y las manzanas se pueden morder sin pecado.
A veces cae la lluvia y moja las risas
que olvidan sin miedo al pie de los parterres,
a veces las estrellas iluminan sus cuerpos,
que esconden secretos tras livianas cortinas.
Cuando en alguna ocasión hay una boda,
las campanas de iglesias lejanas voltean sin ruido
y una vez oí al novio, elegante y añoso
regalarle a la novia anhelante, al oído,
un verso que escuchó de algún poeta antiguo:
"Esta mañana amor, tenemos veinte años".

viernes, 23 de octubre de 2020

Noctuario. Desembocando en viernes

 








No puedo dormir. Ya en la cama he tenido la sensación de que todavía le quedaba un cuscurro al día. Faltaban unos minutos para las doce y aún no había sonado el carillón del salón, aún podía seguir bailando, brillaban todos los caireles de las lámparas y todavía no era momento de perder el zapato.

     Me levanté y me regalé una copita de Calvados, apenas un dedo. Otro cuscurro. No quedaba más. Ya tengo tarea para mañana: comprar otra botella, y un cuento para mis nietos, y cápsulas de café y un cuaderno nuevo donde seguir albergando los miedos. Y tinta de color verde.

     En mi estudio me espera, espatarrado y desafiante, el noctuario, hoy no querías escribir, parece decirme. Y echo la mirada a lo lejos, al más allá, a aquellas luces gentiles que me parpadean promesas, al manto de la noche, y me mojo los labios con el licor fuerte y decidido del brandy… los labios…

Y escribo:

Los labios dicen mucho

de tu alma.

La boca a veces te arropa,

a veces se perfila en un guion rencoroso

y deja un rastro podrido

de antiguos desdenes.

No podemos percibir ahora

sus indicios.

Los labios sonríen o te juzgan

y en ellos yo veía tu ansia o tu huida.

Hoy he tenido que fijarme en tus ojos,

estaban llenos de pájaros ausentes,

de rosas oscuras y vencidas,

de ráfagas de palabras amarillas.

Y esos labios que tanta sed me daban

cuanto más los bebía,

se esconden, tercos, en un silencio hostil

tan lleno de cristales. 

     Y apuro el contenido de la copa y dejo la pluma y apago la llama confidente de la lamparita. Ya no hay carillón, ni se balancean los caireles, ya se fue definitivamente el día. Ya no tengo tu boca.

     Me dirijo, vencida y mansa a la alcoba en penumbra.

     Descalza.

 

miércoles, 21 de octubre de 2020

Noctuario. A pie de página III

 


Llueve todavía.

     No le hago caso al dolor, me resisto a ir al médico, no me escucho. Pero las rodillas me están haciendo tropezar a cada paso y doblega mis ansias de paseo. Así estoy desde el verano.

     Hoy he pasado un mal día. Al final tuve que llamar al médico. Mañana me mira. Y sé lo que me dirá: artrosis, degeneración, pata de ganso…

     Ya me pasó otra vez y le dije, muy seria a mi médico, que yo no podía tener un dolor que se llamara pata de ganso. Me lo cambió por tendinitis ansarina y ya, con esa poética definición, salí cuasi airosa de la consulta. Él se quedó pensando.

     Ha llovido todo el día. Me encanta la lluvia. Me relaja y me pone alegre, optimista, fácil. Sí, es lo que hay.

     He leído, he intentado escribir ese poema, tomado un par de cafés mirando el horizonte desvaído desde mi decimotercer piso, entre los resquicios que me dejan los bloques de celditas, allá, a lo lejos, mezclándose con el cielo y la incertidumbre. Me he masajeado las rodillas, implorando piedad y tiempo. He manoseado apenas este miércoles y he manchado de acuarela un cuaderno de dibujo. He paseado con Chewie por la alameda.

 

Llueve,

detrás de los cristales, llueve

y llueve,

sobre los chopos medio

deshojados,

sobre los pardos tejados

sobre los campos, llueve.


     Y escuchando esta canción de Serrat, que me trae retazos de otras lluvias, de otras aceras, de otros brazos, escribo esto, dejo el noctuario y las gafas, me acomodo los auriculares y la almohada, y pienso que mañana quizá escribiré el poema perfecto.

 

  

martes, 20 de octubre de 2020

Noctuario. A pie de página.

"Tras una cortina de lluvia se diluía en transparencias el paso cadencioso de las horas", dice mi amigo, el poeta conquense José Ángel García, en su poemario No le busques cinco pies a un verso.
     El poema se titula igual que el título que le pondría yo a este martes: No fue gran cosa.
    Me he dado una ducha lenta y he dedicado un rato a regalarme delante del espejo. 
     Otro día que se ha escapado como si fuera inocente. Una cruz aspada en el calendario de mi derrota.
    Me acuesto con Bolaño y con la soberbia esperanza de que mañana tenga algo que ofrecer a la hoja en blanco de mi noctuario.
   Chewie, desde su cama, me mira. Quizá se esté preguntando si tengo calmo el rumor de mis dedos.
     Sigue lloviendo.
    



Noctuario. A pie de página.

El rumor de las yemas de los dedos me despertó.

La señal. 

El día anterior no había escrito nada. Ni el anterior del anterior.

Necesidad. Remordimientos. Culpabilidad.

Me levanté, eran las dos y diez de la mañana, o de la noche, o de la madrugada.

Fui a la cocina y me hice un café. Abrí el cuaderno por la hoja hambrienta.

La pluma, ansiosa; las ideas, revoloteando y confundidas. Sensación de ahogo y respiraciones profundas.

A pie de página, latente, el miedo al sueño. Noctuario.

Todo ha pasado. Ni Dios puede cambiarlo. Quiero escribir lo que he aprendido, las ansias y sosiegos.

Chewie me acompaña, después del sobresalto.

Continúa el rumor escandaloso de los dedos. Necesidad y campo baldío.

Las tres y cuarto.

Nada. Y vuelvo a la cama.

Mañana será otro día.




jueves, 8 de octubre de 2020

Mis cuestionarios Proust. Hoy, del poeta Joaquín Brotóns Peñasco

La cita con Joaquín Brotóns era en el Café Bar Penalty, en la Plaza de España de Valdepeñas. 

    Y era mediodía y era septiembre. Y allí, con un café y palabras mágicas, nos conocimos personalmente y se cuajó una amistad.

    Yo había leído toda su obra, le conocía como vate y, golosa, me disponía a conocerle en todas sus facetas.

     A la primera pregunta me respondió que la sinceridad era el principal rasgo de su carácter y que la cualidad que apreciaba más en el ser humano era que fuera buena gente, que no espera nada de sus amigos para evitar el desencanto y que, a veces, tiene poco aguante. Que navega en el mar proceloso de la poesía con las tormentas y calmas que la escritura del poema conlleva, con sus ansias y sosiegos.



     Joaquín nació en el seno de una familia de bodegueros y comerciantes, dedicada a la elaboración, crianza, embotellado y exportación de vinos. Por sus bodegas desfilaron el dramaturgo Francisco Nieva, el pintor Gregorio Prieto y los poetas José Hierro, Sagrario Torres o Pablo García Baena: "el vino es carne y sangre en Valdepeñas. En los carros pasan en triunfo, entre risas y pámpanos, los jóvenes cuerpos. Y corre el vino en faústico derroche", escribió en su día  en el libro de firmas de las visitas.

      Degustadores del vino de las bodegas familiares fueron hombres como Gregorio Marañón, José María de Cossío, Cela, Zuloaga, Sabina, Pedro Almodóvar o Paco de Lucía, entre otros. Y mujeres como Gloría Fuertes, que, en una noche de vino y rosas con el poeta, se declaró "mística de taberna".

     Le gusta a Joaquín disfrutar de un encuentro con amigos y no concibe la idea de vivir o haber vivido en otro lugar. Él ha sido fiel a su pueblo, a su ínsula báquica. La muerte de su madre le marcó sobremanera y es ella la que nomina cuando le pregunto por su héroe en la vida real. Le gusta el color violeta y la rosa blanca, el gorrión y la golondrina y su nombre favorito es Valentín.

     No soporta la mala educación ni la gente que no se sabe comportar, me dice que no se arrepiente de nada y reconoce que puede mentir cuando hiciere falta. 

     Cela, sobre todo en La Colmena, Gabriel_García Márquez o Juan_Marsé, es su respuesta cuando le pregunto por sus autores preferidos en prosa y, en poesía, me nombra a Catulo, Cavafis, Cernuda o Luis_Antonio_de_Villena.

     Beethoven y Mozart, en cuanto a clásicos. Hopper y Caravaggio en pintura. 

     Le enternece la impotencia de la gente mayor y su lema sería vive y deja vivir.


     Le atrae la figura de Antínoo, amigo del emperador romano Adriano y admira, como hecho histórico, la creación de la cultura griega. Se reconoce como de natural alegre, capaz de convertir la pena en alegría y teme a la vejez y la soledad. Le hubiera gustado vivir en la época helénica y se puede pasar las horas muertas leyendo y disfrutando de su casa, en la que nadan y se exhiben, en completa armonía, todos los enseres y recuerdos de sus antepasados. 

     Rememora con agrado las películas Un hombre llamado flor de otoño o Los santos inocentes. Le gusta comer de todo, aunque los arroces ocupan el primer lugar.   

     Ha publicado una veintena de libros: Poemas para los muertos; Las máscaras del desamor; Amor, deseo y desencanto; La soledad de la luna; Poemas de amor ambiguo; Espejo de sombras y Pasión y vida, entre otros. Ha ejercido como colaborador en medios de comunicación y como crítico de arte.

     Sobre su obra poética se han dictado conferencias y son muchos los poetas que la han reseñado: Pablo García Baena; José Hierro: "Es una poesía la de Joaquín, de testimonio interior, una poesía de desengaño"; Luís García Montero: "la poesía de Brotóns, es sensualidad y conciencia, biblioteca y taberna, piel y memoria, deseo y desencanto, máscara para el desamor y soledad para las noches de luna"; Francisco Nieva, Ian Gibson, Nicolás del Hierro: "Joaquín, es un poeta de realidades, pero de realidades dolientes. Y las canta, las hace cimiento de su obra, raíz, para elevar sobre ella el edificio o el árbol de su humana arquitectura". 

     Mi admirado poeta, filólogo y ensayista, Pedro Antonio González Moreno, es uno de los mejores conocedores de la obra de Joaquín y prologuista de alguno de sus poemarios: "Un poeta marcado por el signo del fuego, por el signo del deseo y la pasión, y ungido finalmente por la ceniza fría del desencanto. Fuego y ceniza, amor y desamor, creación y destrucción, polos distintos, pero complementarios, de una misma verdad: la verdad de una vida transformada definitivamente en escritura".

     En 2014, el Ayuntamiento de Valdepeñas, le concede la Medalla de las Letras "Juan Alcaide".



El poeta en un rincón de su casa.

     Le gustaría que, al momento de la muerte, una mano amiga retuviera la suya; echa en falta, a veces, una compañía con la que poder mecerse en el placer de la conversación, rememorar poemas y disfrutar de las fases de la luna. Ama la vida, aunque sabe del final y en su poema Epitafio lo asume:

"Cuando la luna llena cubra con su fino 

manto de fuego

la fría soledad de los cementerios,

arrojad mi cuerpo desnudo al mar.

Es mi última voluntad...

que espíritu, alma,

corazón y esqueleto

reposen, 

duerman junto a las dulces sirenas,

abrazados al joven y bello cuerpo que

tanto amo"


     Joaquín Brotóns Peñasco, ..."soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma"...


     Muchas gracias, poeta. Hasta la próxima.

martes, 29 de septiembre de 2020

Poema sobre la ablación.

 Salindé


El día se levantó con el rostro manchado

de todos los grises posibles.

Pero las niñas del poblado reían

como si un sol ardiente cosquilleara

sus cuerpos libres y morenos.

Les habían prometido una fiesta.

Sus madres les acababan de retocar el peinado ekai,

y rematado las trenzas con bolitas de colores.

Ya se oía la música y las pequeñas

bailaban detrás de las chozas.

Era el día elegido en aquella aldea de Sudán.

Las mujeres preparaban sorgo rojo y fríjoles

y los hombres, sentados en corro,

agasajaban a los que habían venido de otros  lugares,

con cuencos llenos de pescado seco y arroz.

Las niñas del poblado y las recién llegadas

jugaban saltando sobre unos troncos de teca.

Se tocaban el peinado y se intercambiaban abalorios.

Comparaban el dibujo multicolor de sus camisas.

El cielo continuaba, terco, con su manto de niebla.

Un buitre sobrevolaba, en círculos cada vez más ambiciosos,

el perímetro de la aldea.

La mañana caminaba lenta y muda, arrastrándose

sobre las esterillas y las hojas de palmera.

La música se fue disipando entre las callejuelas de mentira

y las niñas detuvieron sus cánticos y sus saltos de alborozo.

Las apartaron del grupo y las llevaron

al barracón del final, aquel donde unos gallos negros

habían sido sacrificados la noche anterior.

En las paredes de adobe de  la choza se adivinaba

la sangre seca de la ofrenda.

Olía a vísceras antiguas y a tierra hambrienta.

Las mujeres las desnudaron, mientras la vieja buankisa

esperaba impaciente, con los brazos cruzados

y repletos de pulseras, el comienzo del ritual.

Las niñas se miraban, intentando tapar,

con el biombo de sus pequeñas manos, su incipiente desconcierto

y la sonrisa se les escapó, como volutas de humo,

por el techo inexistente de la cabaña.

Todo fue rápido. Inexplicable.

Una a una, fueron inmovilizadas,

en aspa las extremidades,

una interrogación sin respuesta en sus ojos agónicos

y un alarido que marcó su destino para siempre.

¡Calla!, ordenaba la buankisa con un dedo acusador.

¡Calla! ¡No llores!

La niña mira, a través de la abertura

que le deja el trapo sucio

con el que su abuela le tapa la cara,

el cielo ajeno y tranquilo.

Le parece mentira que no haya nubes ni ruido de tormentas.

Cierra los ojos para que no duela.

No llores, le grita la mujer,

con ruido de dientes apretados y saliva agria.

Siente un frío rojo entre sus piernas,

un sobresalto de miedo. Un desamparo que no comprende.

Se acuerda de naranjas amargas,

del juguete que le trajo hace mucho un amigo de su padre,

se acuerda de la piel áspera, pero amable,

del árbol que hay junto a su cabaña.

¡Calla!, no puedes llorar. No debes.

Su abuela le retuerce los brazos y la niña

no escucha ya a su madre que,

tras unirle las piernas con un trozo de tela,

se dirige hacia su hermana pequeña.

Sollozan,  ya sin reparo, encogidas,

las tres niñas venidas de otros lugares.

La buankisa continúa con su trabajo ancestral,

en las manos la cuchilla ensangrentada,

los dedos manchados de ignorancia y yodo,

en sus movimientos enérgicos e impíos,

la soberbia de su prestigio. La borrachera del fanatismo.

Los gritos de terror, el sonido estúpido de la barbarie,

los llantos enmudecidos, la rendición,

han dado paso a un silencio plúmbeo y quieto,

como el cielo de aquella mañana.

En aras de la tradición,

las cinco niñas mutiladas se adormecen,

apoyadas entre sí, sujetando el temblor y el llanto,

sin color los abalorios de sus trenzas enhiestas,

sin futuro su futuro, negadas al gozo, al placer y a la risa.

Su infancia ya es olvido.

Ahora  son mujeres. Están purificadas.

Forman parte de la tribu.

No deben llorar.

Silencio.


https://www.facebook.com/watch/?v=351558336195137&extid=IGU4ke7OiYCEsR6A


(Poema incluido en el libro Palabras en silencio, correspondiente al XI Encuentro Oretania de Poetas. La Solana 2019).