domingo, 5 de julio de 2020

El ruido del silencio





La escritora no está en su mejor momento. Su madre ha muerto. Ha sido abuela por partida doble. Está angustiada. No puede escribir. Intenta corregir su último poemario que está casi acabado. Tiene cuadernos llenos de notas escritas durante la enfermedad de su madre, las estancias en el hospital y los instantes de dulzura que le inspiran sus nietos. Sobre sus pasos por el borde del precipicio.
Ella, una alumna de sus clases, le entrega unos folios sobre su vida.  Quiere una opinión. La escritora lo acepta para ver si sale de su obstinada pasividad. Para hacer algo.
Llama a su madre por teléfono y le deja mensajes que no podrá escuchar.
Se demora en la venta de la casa familiar.
Cuando llega el tiempo de recluirse, sabe que es allí donde tiene que esconderse, para cuidar de la planta, que comienza a florecer, para despedirse definitivamente y para comenzar a escribir la novela sobre las historias encontradas en los diarios de su bisabuela.
Y para esperar, ya tranquila, el amor de J.

sábado, 4 de julio de 2020

Cuestionario Proust




Comienzo julio. Calor y buenos propósitos. 
   Después del paréntesis obligado por el Covid-19, hay que continuar con la vida y rematar lo que se empezó. Mis cuestionarios Proust quedaron en el cuaderno, pendientes de realizar a muchas personas hermosas con las que quería conversar y mirarnos a los ojos, con una copa de vino en una mano y, en la otra, un bolígrafo verde con el que anotar sus ansias y sosiegos, sus deseos de ser. 
   El primer encuentro de esta nueva etapa ha sido con mi amiga Ana Victoria Picazo Guzmán. De Leganés, alta, guapa, con ansias de vivir, coleccionista de momentos, feliz.
   Nos citamos en una terraza especial, en una tarde de bochorno que, por deferencia a nuestra alegría, se tornó fresquita y acogedora.
   Hablamos, brindamos con un Verdicchio y, con los labios humedecidos por el aroma a limón y almendra del excelente vino, comenzamos a desgranar el cuestionario. A abrirnos a la amistad, a fortalecer el lazo.



  Me dice Ana Victoria que el principal rasgo de su carácter es la valentía.
    Me dice que la sinceridad y la honestidad son las cualidades que más valora en cualquier ser humano. Que a sus amigos sólo les pide lealtad.
Se reconoce inconstante y que el teatro le da vida.
   Le atrae las biografías intensas de las cortesanas, de las hetairas. Me dice, levantando la copa y con una sonrisa pícara, que puede que en una vida anterior lo fuera. Teme a la enfermedad, a no poder disponer de la mínima independencia, a hacer sufrir a su hijo, su héroe en la vida real.
Ana tiene un lema: "La vida pasa tan deprisa que, a veces, el alma no tiene tiempo de envejecer". Se arrepiente de no haberse querido lo suficiente. Ahora se viste de alegría, recuerda constantemente a sus padres, con la admiración que le provoca esa generación; me dice que le gustaría saber volar.
   También que le gusta el color verde, las amapolas y el misterio de las magnolias.
  En prosa prefiere a Javier_Sierra y Julio_Llamazares, y entre los muchos poetas que admira, me habla de Amado_Nervo: Si tú me dicen ven, lo dejo todo...
   Se recrea en la luz de Sorolla y en la emancipación de la mujer, en su dulce paz actual y en el gozo de una buena conversación mientras lanza los ojos al horizonte. 
   Ya era noche, habíamos tomado también unas cervezas y un detalle de hierbas que nos trajo el camarero, el mismo que nos hizo las fotos para fijar el momento. De algún lugar nos llegaba la voz de Miguel_Poveda: "Me lo dijeron mil veces... que se me paren los pulsos, si te dejo de querer, que las campanas me doblen si te falto alguna vez..."
   Y, con esta estupenda canción de la Piquer, nos fuimos, despacio, con el cansancio dulce de las confidencias y mirando hacia arriba, siempre, ahora para admirar una luna hermosa que ya estaba a punto de completar su perfecta y orgullosa redondez.
   Gracias, Ana Victoria. Hasta pronto. 

jueves, 2 de julio de 2020

Sonrisa de encargo





Cuando la cuerda áspera del desasosiego aprieta demasiado, cuando escapa el aire por las ventanas cerradas, cuando el ruido se hace mortaja, huyo. 
   Antes, una vez al mes, luego, cada vez más a menudo. Me refugio en mi jardín secreto. Allí paso el día. 
   En silencio. En mi necesario silencio.
   La última vez, un amigo que me descubrió, me hizo esta foto. Me pidió sonreír. Lo hice. 
  Mi jardín ya no es secreto. Estoy pensando en otro. Sé que es más silencioso, pero se encuentra tan lejos...
   Ahora, solo sonrío cuando me lo piden.

domingo, 28 de junio de 2020

¿Cómo puede pasarme esto a mi?


    Mi participación para el magnífico grupo arteinvent (InventArte), que cierra, con estos vídeos, la temporada. 
   A la vuelta, seguiremos acompañándolos en la Plaza del Laberinto, en Leganés Norte, con el trasiego de libros, performances, apoyo a la biblioteca Gloria Fuertes y demás actos culturales. 
    El último sábado de mes. A media mañana. Un montón de gente guapa.
   Y yo, desde aquí, me quito el sombrero ante su tenacidad y savoir faire.
    Un abrazo amigos y feliz verano.

  (Esta historia, pertenece a mi libro de relatos Galería de trampantojos).

   Pincha aquí, si lo deseas.

https://www.facebook.com/watch/?v=190942989007342




viernes, 26 de junio de 2020

Ansias y sosiegos.

Voy a cumplir sesenta y cinco años.
Pronto.
Ayer tenía treinta y tres.
Lo recuerdo bien porque fue cuando me quedé embarazada
de mi tercer hijo.
Me acuerdo que hacía la compra
siempre en el mismo sitio.
Y me veo peinándome con dos trenzas
que luego me colocaba alrededor de la cabeza,
como si me coronara a mi misma.
Ayer era feliz y no lo sabía.
Voy a cumplir pronto sesenta y cinco años.
Ahora compro en otro sitio.
No me entretengo ni hablo con vecinas.
Camino rápido y llevo sombrero.
Le cuento a Chewie mis ansias.
Chewie es mi perro.
Me pinto las uñas de rojo
por ver algo de color al despertarme.
No me gusta la hora de la siesta.
No tengo espejos. No fumo.
Tengo canas y una caja llena de fracasos.
Tengo cada noche una pregunta nueva
y estoy deseando que me mientas.

lunes, 15 de junio de 2020

La terquedad de la tristeza





Se anuncia ya el comienzo del verano. Llega con el relato de la primavera sin hacer, apenas puesto el título encima de la hoja.
  Aún era invierno cuando cerré la puerta. Con todos los proyectos escritos en verde en mis cuadernos de vida. Con la chaqueta de entretiempo en la percha.
   Y, ahora, irrumpe el calor del sol y la algarabía. El tiempo del gozo y del oleaje, de los brazos al aire y de uñas decoradas, asomando entre las tiras de las zapatillas de baile.
   Tumbada en la cama deshecha contemplo en la pared mi colección de sombreros, pespunteados por los guiones de luz que dibuja la persiana. Me levanto y los cuento. Cuarenta y ocho.
   Tengo cuarenta y ocho sombreros. Los coloco de nuevo, alterando el orden: a mano, los festivos; más arriba, los de paño oscuro para los días imperfectos. Voy preparando, poco a poco, la casa para el tiempo de la piel aceitada y los pies descalzos. Me engaño, a sabiendas de mis manos frías y de mi corazón cobarde. 
   Mantengo las persianas bajadas para no ver, para dejar encerrada esta noche que no se acaba nunca, que me abraza la garganta y me niega el disfrute. 
    Los sombreros me llaman.
  Cierro la puerta y me envuelvo, obediente y derrotada, en toda la tristeza que me arrastra.

martes, 9 de junio de 2020

Nocaut técnico.




Esta mañana, me he duchado a las 7,45 h. A la misma hora de aquel nueve de junio de hace ya veintidós años. Estaba en un hospital y me esperaba una pelea, cuerpo a cuerpo, con el cáncer. Dicen, digo en el poema, que salí victoriosa. Pero no es verdad. Fue un golpe bajo. Un antes y un después. Estoy aquí. Gracias a la vida. Pero, aquel día, tiré la toalla.
Tengo una cicatriz en el pecho izquierdo,

estoy marcada por la noche
y por el ruido.
Elijo los vestidos con cuidado
para no exponerla a alguna luz
que la delate.
Algunas tardes me obligo a recordar
y acaricio su contorno con ternura,
para aplacar su ira y su estupor.
Mi pecho derecho asiste compasivo
a los brotes rebeldes del herido
y permite, humilde, que me olvide
de su orgullo y de sus ganas de gritar.
De la caída libre de aquel año,
me queda una señal y una advertencia,
pero cuando me desnudo ante la vida,
cuando coqueteo con lo oscuro,
cuando me adentro en la espesura,
mi pecho lastimado se subleva
y se yergue, altivo, con su hermano,
para defenderme del abismo y de la pena,
y para hacerme ver que, en este encuentro,
hemos ganado con soltura la batalla.





*Imagen tomada de la red.