martes, 19 de septiembre de 2017

Alas.





Me han nacido dos poemas en la espalda,
dos botoncitos blancos y sedosos,
como haikus de primavera,
diminutos y certeros.

Me han rasgado la piel y la mañana,
me escuecen y se expanden,
ajenos a mi asombro y a mis dudas.

Son dos ansias atrevidas y arrogantes,
pequeños brotes de libertad,
repletos de color en sus escamas,
rebeldes y tercos.

Me pica la nariz con su polvillo
incesante,
 con su ruido de aleteo.

Unos anhelos tardíos
que vienen a remover los tabiques
de mi casa,
mis pensamientos dormidos,
mi paz en constante lucha callada.

Mi letargo.





domingo, 17 de septiembre de 2017

Del poemario Piel.






Toda una vida sin quererte


es mucho tiempo.

Es malgastar el agua
y los relojes.
Andar descalza sobre brasas heladas,
al filo del odio y el fracaso.
Sentir frío en las entrañas
y tener sueño a todas horas.
Dormir para despertar niña
y jugar de nuevo con las coletas y las nubes.
Encontrar entre aquellos lápices exhaustos
la calma y detenerme
para hallar el lugar
donde permanece el hueco.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Siguen las crónicas. A Chewie no le dejan entrar en el hospital.

      3. Un tour por el mundo.



        La habitación libre del poeta la ocupa ahora Pedro.
     Le han operado de una hernia. Era preciosa, nos dice con orgullo desde la cama, haciendo alusión a la susodicha hernia. No lo hemos entendido.
     Le dio el dolor en el viaje de novios, nos dice su mujer, que le acompaña. Estaban en Holanda.
   Era su luna de miel. Es el segundo matrimonio para los dos. Eran viudos y les unió el baile y las películas de miedo.
    Son simpáticos, se miran todo el rato y ella le da crema en las manos continuamente.
    Nos dijo a Carmen y a mí, cuando se dio cuenta de nuestra curiosidad que las tiene tan bonitas y grandes que se las quiere cuidar.
    Ya no podemos dejar de mirarle las manos a Pedro, incluso me paseo de vez en cuando para vérselas.
     Nos ha creado Manuela, la mujer, adicción a las manos de su marido.
   No me lo puedo creer. Para evitarlo, bajo más a la calle a por mi ración de sol y de chocolate. No sé dónde va a parar todo esto. Cambiar una adicción por otra.
     Mi madre va despacito pero mejor.
     Ahora mismo la bajan para hacerle un scanner.
   Bajo con ella para acompañarla, le gusta que vaya al lado de la camilla por los túneles secretos del hospital. Con las manos cogidas.
   Una excursión, le digo, y le voy señalando un tour de mentira. Mira, a tu izquierda la Torre Eiffel, a la derecha, el Sena, al fondo se divisan las Pirámides de Egipto, cuando volvamos aquella esquina veremos las cataratas del Niágara.
   Como es un tour de mentira pues yo, como guía de mentira, le enseño lo que quiero.

    Ella asiente gozosa y admira los monumentos. El celador, un hombrón de unos cien kilos y cara congestionada calla y otorga.
   Imagino que debe estar deseando dejarnos en la sala de hacer los scanners, ¡con la geografía que está aprendiendo!
    Para rematar bien la faena, cuando nos ha dejado en destino he dicho muy seria a mi madre: ¡Mamá mira acabamos de llegar a la plaza Roja de Moscú!
    El celador huye sin prisa pero sin pausa y sin volver la cabeza.
   Luego ha venido una celadora a recogerla. No hemos dicho nada a la vuelta, total, ya conocíamos el itinerario. Mi madre me apretaba la mano, cómplice.
    Esta tarde, en uno de los paseos por los pasillos de la planta, he visto una habitación vacía, recién fregada, con las sábanas blanquitas y perfectamente planchadas. Olía rico.
    Era la 414, capicúa-palíndromo. Me dieron ideas de meterme, atrancar la puerta con la mesilla y echarme un sueñecillo, de lo cansada que estaba.
     Me di otro paseo para pensármelo, pero cuando volví ya tenían delante de la puerta una camilla con un cliente. 
     Nada que hacer.
    Luego os diré de quién se trata. Es una mujer mayor con el pelo azul y las gafas sujetas al cuello con un largo collar de perlas.
    He vuelto con mi madre. 
   Me dice que quiere sentarse y que me recoja "ese pelo, que pareces una loca".
    Y me pregunta por Chewie.
    Mamá, a Chewie no le dejan entrar en el hospital.
    Y sube el volumen de la televisión para no escucharme.



martes, 5 de septiembre de 2017

Y seguimos con las crónicas. A Chewie no le dejan entrar en el hospital.

2. Apuestas en los días de lluvia.




    A veces llueve y eso es una fiesta para los pacientes, que pueden mirar los cristales y seguir las carreras de las gotas y acompañar en silencio a las más rápidas.  
     O hacen apuestas mentales. 
   Dicen: si ésa gana, me dan el alta el lunes. Y luego se enfadan si pierden y tienen que quedarse unos días más.
    -Hay que hacerle otra analítica, les dice el médico de medicina interna y a ellos, los enfermos, se les cae la esperanza a través de los resquicios de la barandilla abatible de las camas.
     El suelo, debajo de ellas, está lleno de esperanzas vanas.
    El médico que operó a mi madre se llama José Ramón y es moreno y guapo. Tiene barba y sonríe siempre. Da confianza y paz, cuando viene a verla mi madre le agarra del brazo y coquetea con él. 
    Ella no se da cuenta y se enfada cuando se lo recuerdo en los ratos de tedio. Lo hago a menudo, regañarla digo, para que no se detenga y mantenga la rabia activa, para que siga en la batalla del vivir.
    Sentada a su lado en el butacón de piel granate escribo. Cuando me ve concentrada me pide el abanico o un buchito de agua, para devolverme la pelota, para vengarse. Luego se ríe y me ofrece la mano para que yo sepa que todo es broma y que me quiere.
     Y en eso estamos.
    Hoy hace ya veinte días que vivo aquí, que lucha ella, que Carmen, la compañera de habitación, nos cuenta cuánto quiere a sus niñas, las galgas, que su marido arquitecto, viene a verla con pasadores nuevos para su pelo rubio y que mi madre le cuenta lo cariñoso que es su médico a las visitas.
    Yo me dejo todo el dinero que tengo en la máquina de las barritas de chocolate y ya llevo dos cuadernitos llenos de dibujos y palabras.
    Estoy leyendo a Galdós.
   Hoy le han dado el alta al poeta del corazón nuevo y, al pasar por la puerta nos ha dedicado un libro de poemas.
   Se llama Narciso, lo sé porque he oído decir a las enfermeras del control: Hasta luego Narciso, el mes que viene nos vemos. 
    Es lo que hay. Tendrá que volver a alguna revisión.
   Llevaba un sombrero panamá en equilibrio del lado izquierdo de la cabeza canosa y un bastón con el puño de plata. 
   Creo que iba cantando bajito un aria conocida aunque no logro recordar el título.
    Hoy hace un calor tan pegajoso que ha puesto de mal humor a la chica que hace la limpieza de las habitaciones. 
    -Es que no lo aguanto, se disculpa, cuando se ha dado cuenta del meneo inusual que le ha dado a la mopa y nosotras la disculpamos con una sonrisa, y mi madre le ofrece el abanico. -Y te lo quedas, te lo regalo, le dice. Y yo me enfado de nuevo, esta vez de verdad, porque el abanico era mio y no me ha consultado. 
    La auxiliar de la limpieza se va toda contenta con el abanico en el bolsillo de la bata. 
   -Me voy a la calle, amenazo y bajo luego andando los cuatro pisos para calmarme y a ponerme ciega de chocolate.
     Antes de irme mi madre me pregunta por Chewie.
     A Chewie no le dejan entrar en el hospital, le digo.
     Y cierra los ojos, tranquila, y yo me quedo un ratico largo mirándola, mirándola.


lunes, 4 de septiembre de 2017

A Chewie no le dejan entrar en el hospital.

    1. Escribo porque algo tengo que hacer.



    En el hospital todos los días son iguales y diferentes. La misma rutina y biografías dispares.
     Historias parecidas y sorpresas de última hora.
     Ya sabéis que mi madre continúa allí disfrutando de unas vacaciones.
     Va para un mes.
   Su compañera de cama en la habitación 435 se llama Carmen y le gusta mucho reír y ser amable. Tiene un marido arquitecto y están muy enamorados.
   Carmen tiene el pelo largo y un problema en el colon. Tiene dos perritas galgas a las que llama mis niñas y un neceser enorme y sorpresivo.
    De él saca cada mañana un olor diferente a frutas desconocidas y una colección de pasadores para trenzarse el pelo.
    Es capaz de sonreír de forma personal a cada enfermera y cuida de mi madre cuando yo salgo un rato al sol a caldearme el alma y a comer chocolate.

    La habitación del otro lado del pasillo es de ésas a las que hay que entrar con mascarilla y bata. "Aislamiento" se lee en la puerta y dentro se recupera de un trasplante un poeta viejo. Cuando pasan a verle los cirujanos le dicen, ¿cómo está artista? y se oye una risa y una tos en todo el pasillo de la cuarta, y riman las dos como un pareado fortuito y genial.
     Mi madre se recupera lento. Hoy le han puesto sangre. Dos bolsas de vida donadas altruistamente por desconocidos. El rojo oscuro gotea con cadencia, con parsimonia y orgullo. Decidido. Milagroso.
   Las enfermeras son casi todas jóvenes, una se llama Laura y nos dimos cuenta en cuanto la vimos que ha nacido para el oficio. Coloca sus cejas en modo concentración y sus manos son rápidas y calientes. Van directas al centro del dolor y curan como la saliva de las madres.
     El pasillo a veces se llena de parientes y hay que decirles que para eso están las salas de espera.
   De vez en cuando yo voy allí a pasear, estar tanto tiempo en el hospital te deja las piernas despistadas. Cuando quieres irte se olvidan de avanzar y tienes que darles ligeros masajes para que recuerden.
Los pies se hinchan y lucen más bellos y lustrosos. Los dedos, parecen diminutas salchichitas, rematadas por las uñas rojas, festivas y graciosas.




     Otra de las enfermeras se llama Isabel y su historia la contaré otro día.
      Mi madre me pide de nuevo el abanico y me pregunta por Chewie.
      A Chewie no le dejan entrar en el hospital, le digo.
      Y cierra los ojos y se abanica dormida.



sábado, 2 de septiembre de 2017

Mi madre-niña.

Hoy es sábado y he estado todo el día en el hospital.
Mi madre está enferma.
Es muy mayor.
A veces se queda quieta, mirando hacia la ventana
y no me responde cuando la intento distraer con cotilleos
de familia.
Le hablo de viajes y de su marido, mi padre,
le digo que la enfermera joven de las mañanas
está embarazada y aún no lo sabe.
Le pregunto si apago el televisor o cambio de canal,
le estiro la sábana y le troceo la manzana.
Ella me mira y piensa cuánto le queda,
se fija en mi blusa y me pregunta cómo me fue en la presentación de mi último poemario,
me aconseja que adelgace y critica mi pelo alborotado,
cierra los ojos y finge dormir.
Tiene miedo y evita mi mirada y mis manos inquietas.
Me pide el abanico y me manda a por agua fresca
para quedarse a solas con su angustia
y su temor de niña perdida.
Mi madre tiene ocho años por las mañanas,
por las tardes se vuelve coqueta y me pide el espejo.
Cuando llega su médico le toma la mano y le piropea,
le ruega imposibles y sonríe para confundirle.
Tiene miedo. Y duerme mucho.
A veces me dice, cuando salga de aqui
te compraré otra blusa y me teñiré el pelo.
A veces llora para adentro. En silencio.
Hoy es domingo y estoy todo el día en el hospital.
Mi madre tiene ocho años
y tengo que cuidar de ella.
Por la tarde me pide el espejo
y se perfila despacio la tristeza y los recuerdos.
Yo le estiro la sábana y le echo colonia entre los dedos fríos,
me alboroto aún más mi pelo enmarañado
y mi madre- niña
al fin sonríe.



viernes, 1 de septiembre de 2017