miércoles, 23 de agosto de 2017

La vida es abundancia. Escribir.


Hace un año escribí esto en esta casa, en mi blog, para ti, para invitarte.


Mira:


"El escritor escribe con su vida, con su mirada, 
con sus días de otoño y sus cicatrices".

"Un adulto creativo es un niño que ha sobrevivido".



Escritores del taller de ludolingüística Asiole Dorpa, celebrando. Siempre celebrando.


     "Se van alejando los días ociosos. Ya hemos descansado bastante. 
     Y hemos vivido con intensidad y hervor. Mucho hervor. 
     Ahora toca escribirlo, hacer una historia de nuestras experiencias, troquelarlas, cambiarles el color y la textura. Reírnos de nuestros descuidos.
      Nos reuniremos para jugar con las emociones y los fracasos. En el encuentro literario. En las clases de ludolingüística. En las clases de crecimiento y de algarabía. 
     De quitarnos el corsé y las horquillas.
     Chicas, chicos, os esperamos en Octubre.
     Escuela de ludolingüística de Asiole Dorpa.
     Yo, Eloísa Pardo, quiero abrazaros. 

     Traed cuaderno y boli.
     Nada más".
 


    Y ahora lo vuelvo a poner en la puerta de entrada a esta vuestra casa para recordar, para volver a pasar por el corazón, para que os paréis en esa esquina del escaparate y anotéis la fecha.

     Volvemos a retomar estos días mágicos en los que jugamos a crecer, a diseñar nuestra otra vida, a movernos, a expresarnos, a agradecer.

     Y es que me habéis llamado.
     Elvira, Toñy, Angelines, María, Teresa, os han pasado cosas este verano y las habéis escrito en ese cuaderno dorado que os llevasteis a la playa.
    Una de vosotros se ha enamorado y lo quiere contar.
    Otra, que lo sé, ha descubierto eso que tanto temía.
    Andrés García ha prometido traernos su lipograma perdido.
    Alberto y Juan vienen con sorpresa y cambio.
    Y yo os tengo que decir aquello que pospuse por prudencia.

En Octubre retomamos los encuentros. Me decís que vienen refuerzos.

Que somos más.
Y es que la vida, lo sabéis, es abundancia.





martes, 22 de agosto de 2017

Besos de nitroglicerina en el corazón. Presentación.


     Villanueva de los Infantes, mi Villa Favorita, siempre al quite; sus representantes políticos y culturales, amigos y grupos poéticos, siempre ahí, arropando, caldeando el camino con su amistad y cariño. 
     Grandes.
     Nos vemos.
     Agradecida y orgullosa de tenerlos.






lunes, 21 de agosto de 2017

Como mi vida.






Escribo esto con la máquina de escribir de mis quince años.

Con las teclas rencorosas,
ubicadas en lugares olvidados
y con la imposibilidad
de borrar los errores.

Como mi vida.

He de hundir las yemas de los dedos
con fuerza
para hacer resaltar la tinta desvaída
sobre la hoja sorprendida y lastimada.
Se me rompen las uñas
y el ruido evocador del tecleo
me daña el alma.
La t se queda rezagada
cuando escribo te quiero
y las mayúsculas se resisten.
La encontré ayer en un rincón
de la habitación grande,
aquella tan fría dónde nadie quería subir.
La tecla del retroceso no funciona.

Como mi vida.

Y se acumulan las comas y los espacios,
se amontonan las pes y las erres,
negándome el perdón y los errores.
Vuelvo a dejarla en el altillo,
tapada con el pañuelo malva que llevo en el cuello.
Y cierro la puerta de la habitación fría 
y me acaricio los dedos heridos por el esfuerzo y la rabia.
Escribí muchos poemas con la máquina de escribir
 de mis quince años.
Tantos que ya no queda color ni orgullo en la cinta,
su soberbia ya es recuerdo.
Ahora se repliega bajo sus sueños
con la huella de unas manos ansiosas sobre su cuerpo, 
con la nostalgia de la tinta fresca, 
con la sed del movimiento y la prisa. 
En silencio.

Como mi vida.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Piel.


Sé que fue martes 


y que le daba la espalda

al futuro.

Que la primavera

se colgaba de las palmeras

con un brazo

y, con el otro, nos llenaba los ojos
de promesas.
Sé que era mediodía
y un olor de jazmines
brotó de algún enero,
de repente,
como un zarandeo de hombros,
como un aviso,
como un repique de campanas,
como una premonición.
Estaba de espaldas
y supo.
Se giró con parsimonia
y urgencia.
Era martes
y explotó el delirio.







Nos besábamos con la piel 


y con miradas ebrias.

Con un temblor de ansia

entre los dedos

y con el peso de un tiempo perdido.

Nos besábamos con los treinta años

de extravío,
con la rabia del engaño,
con justicia.
Regalábamos los besos a los álamos
y se quedaban tatuados en el aire,
en las hojas sorprendidas,
en los gemidos.
Nos besábamos con la inmortalidad
entre los dientes,
con la lengua voraz,
con la risa y la cintura.
Ardía la tarde y la azucena,
y la muerte, al vernos,
habia huido en silencio,
derrotada.


sábado, 22 de julio de 2017

Besos de nitroglicerina en el corazón.



"Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia"
Blade Runner.



     Este mes de Julio ha venido a casa mi segundo poemario.
     Un ramillete de poemas pergeñados en un mes de Diciembre turbio y tambaleante.
    Se me enredó en el cuello con rabia, terco.
    Me defendí con los ojos huidos y con cuartillas repletas de preguntas.
    Ellas, sólo ellas y el olor de la tinta, me alfombraron la salida.











     Ahora lo compartiremos en próximas presentaciones.

     Si queréis tener vuestro ejemplar, Fernando de la librería Punto y Coma de Leganés, libreriasindependientes, os atenderá con su sempiterna amabilidad.

Un abrazo.
De corazón.


jueves, 29 de junio de 2017

Bonjour tristesse.


   

   Verso los besos que nos dimos. Les pongo acentos y rimas consonantes, los abrazos los dejo en cómodos hemistiquios y me despido de ti con lipogramas y puntos suspensivos.

      Abro las noches al primero que llega y humedezco las esquinas de mi tiempo para ver pasar imposibles y días impares.
       No me salen las cuentas los jueves y cada vez soporto menos el olor a fracaso de la tarde de los domingos.
      A veces llueve en mis tobillos y las zapatillas de huir me pesan tanto que me quedo demasiado tiempo en mis mentiras. 
      No te dije adiós.
     Se me olvidó porque me entretuve comprando flores, las velas de la tarta y sábanas nuevas. Y un sombrero azul.
    Noté que eras nada cuando el reloj no llegó a dar las doce y aquí estoy, aún en la puerta, con las llaves en la mano y decidiendo si cierro o busco en la cerradura el hueco exacto donde introducir las dudas.



jueves, 22 de junio de 2017

El lubricán.

“Si le hubiera cortado las alas,
 habría  sido mío,
no  habría escapado.
Pero así habría dejado de ser pájaro.
 Y yo lo que amaba era un pájaro”.
(Mikel Laboa)



     Estoy esperando a Juan.
     Hoy es un día especial.
     Sobre la mesa, al lado de un ramillete de flores amarillas y de unas velas tímidas y  temblonas, he dejado un sobre cerrado, dentro espera el informe del médico confirmando un embarazo.  
     Por el horizonte cabalga un lubricán  distinto y yo estoy esperando a mi marido.
     Y sonrío.
     Ya sabéis que llevaba algunos meses algo descolocada y soñadora, y que deseaba con todas mis fuerzas ser invisible.      
     Apretaba los ojos por la noche pidiendo ser impalpable, aunque sólo fuera por unas horas, un día como mucho y que, cuando me despertaba por las mañanas, me giraba en la cama para mirar las puertas espejeadas del armario, esperando no verme reflejada en ellas, pero allí seguía, un poco despeinada y con los ojos festoneados de tristeza y  desamparo por la penuria del sueño y el infierno de la inquietud.
     Se me  ocurrió este anhelo loco de ser invisible porque no era feliz.
     —Mi marido no me quiere— os confesaba bajito—, me evita algunas tardes, me abraza sin fuerza, no me mira como antes.
     —Y me besa con los ojos abiertos.
     La semana pasada— os decía— colgó el teléfono con prisa y con fastidio cuando  llegué demasiado pronto de hacer unas compras, y hace unos días me di cuenta que miraba la televisión sin verla, con unos ojos  perdidos, ausentes, clavados en otro tiempo. Creo que mi marido ama a otra mujer.
     —Creo que no es feliz conmigo.
     Le podría preguntar.
  Lloraba a solas cuando se iba al trabajo, volteaba mil veces esa absurda idea para convencerme de que eran sólo figuraciones mías, cábalas de niña chica y le podría preguntar, pero, ¿ustedes creen que me contaría la verdad?
     Me abanicaría con pulcras evasivas, diría muy serio y aleteando las manos ante el pobre auditorio, que estoy un poco loca, que siempre he sido muy fantasiosa, que de qué me puedo quejar…
     Y yo, por las noches, deseaba con todas mis fuerzas volverme invisible, para salir con él cuando se fuera por las mañanas, para pegarme a su abrigo en el ascensor y aspirar con fuerza su olor, para rozarle los labios despacito, meter los dedos, suavemente, en su pelo y mirarle con ansia las manos, esas manos hermosas y alambicadas de las que mi piel tiene tantos recuerdos.
     Luego le seguiría, caminaría detrás de él, como un ángel custodio, maternal, estaría a su lado mientras se tomara el café en algún restaurante, me sentaría cerca en la oficina, viéndole trabajar y controlando el deseo y la codicia de abarcarlo entre mis brazos.

     Pero no era invisible. Cada mañana, al despertar, me miraba las manos, las piernas, y ahí estaban, corpóreas, palpables, no se veían las flores verdes de las sábanas a través de ellas.
     —Y mi marido sigue ausente, sigue mirando sin ver y me sigue besando con los ojos abiertos— confesaba a mis amigas.
     Pero ahora, después de pensar, de darle muchas vueltas, de contemplar la sonrisa de  la luna allá en lo alto y de sentir la esperanza removerse en mi vientre, he dejado de desear ser invisible;  no sé si alguien se ha cruzado en la vida de mi marido y en la mía, no sé cómo será el futuro, lo que piensa hacer conmigo, no sé nada, pero sé que ya no quiero ser invisible, no le quiero vigilar, no quiero saber, porque ¿se imaginan ver con los ojos lo que, por ahora, sólo intuye el corazón? ¿Tener la certeza  y  descartar para siempre esas bondadosas  dudas que me permiten seguir viviendo?
     En la farmacia me han dado unas pastillas y parece que duermo mejor, me he comprado un camisón de seda color caramelo y en la peluquería me han dado un tinte alegre que disculpa la melancolía que anida en mis pestañas.
     Yo cierro los ojos con fuerza cuando Juan me besa, para no ver los suyos abiertos. Yo le hablo mucho, pero sin mirarle, para no fijarme en sus pupilas ausentes. Yo le obligo suavemente a quererme algunas noches y juraría que musita mi nombre. Y cuando regresa a casa y oigo su llave canturrear bajito en la cerradura, el corazón me salta en el pecho como un corderillo travieso.
     Yo sería invisible sin él.

     Pero ahora le estoy esperando, en este día nuevo, con este sobre redentor apoyado en las velas consumidas, para anunciarle la génesis de otra vida, para ofrecerle mis hombros desnudos, para escuchar la cadencia de su voz cuando me dé las gracias, para olvidarlo todo cuando me pida perdón, para seguir caminando con él por la senda  de los días reconquistados, para recoger, en silencio y sin algazaras, los pecios de algún naufragio. 
     En la mesa, ataviada como un altar, espera una ofrenda.
     Soy mujer, soy fuerte, tendré un hijo, daré vida.
     Daré vida.
     No soy invisible.  

     Se ha hecho tarde, os tengo que dejar, voy a colorearme un poco los labios y las mejillas y a esperar, poderosa, plena, a  mi marido.

     El lubricán,
             desbocado, 
                         caracolea altivo tras los cristales.


*Imagen tomada de la red. Beso rojo de Joseph Dela Torre.