Mi primer contacto con la muerte fue demasiado pronto, aunque no lo viví como tal; yo estaba sentada en el portal de mi casa, en el suelo había, hay, porque fui a visitarla no hace mucho, un dibujo grande de una rosa de los vientos. Aún no sabía qué significaba aquel dibujo, pero siempre me detenía en él, me gustaba pisar todas sus puntas y, creo recordar ahora, que los diferentes vientos, airecillos traviesos, me descolocaban las trenzas y los enormes lazos que me colocaba mi madre.
En los bajos del edificio había una escuela particular, allí fuí, como un periodo preescolar antes de ir al colegio. Las dueñas eran hermanas y vivían en el primer piso. Yo vivía en el segundo. Una tarde, cuando yo estaba sentada en el centro de aquel dibujo, con las piernas cruzadas y mareada por los aires que llegaban de alguno de los treinta y dos puntos cardinales, sacaron una camilla con el padre de las maestras. Iba tapado con una sábana blanca, pero una mano se escapaba por el lateral, vuelta hacia arriba, como pidiendo algún tipo de ayuda. Una de las maestras, que tenía los ojos muy hinchados y se iba sonando con mucho ruido los mocos, me dijo que me fuera a casa. Y yo subí corriendo las escaleras, con una extraña zozobra en el pecho y tropezando con mi madre que ya bajaba a buscarme.
Fue la que me contó luego, ante un tazón de colacao y un mojicón, lo que le había pasado al Sr. Felipe, el padre de las que, más tarde, serían mis maestras. Me dijo que me comiera todo el mojicón, que no le gustaba que bajara tantas veces a estar sola sentada en el portal, me preguntó que porqué me gustaba tanto la rosa de los vientos, me volvió a colocar la lazada de mis coletas y me dejó luego escoger el libro que quisiera de la biblioteca del abuelo.
Pero recuerdo que no mencionó la palabra muerte.
Elegí el libro Corazón, me gustaban mucho las aventuras de aquellos niños italianos. Mi abuelo, aquella noche, me dijo que me podía quedar con él para siempre, que ya era mío. Y ya no volví a pensar en el Sr. Felipe hasta mucho después.
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