“A veces la infancia me envía una tarjeta postal”
Se me viene esta foto a las manos, mientras desgrano recuerdos en esta mañana lúcida y brillante de febrero. Mi padre y yo.
Mi padre hizo horas extras en el trabajo para comprarme este abrigo. Lo había visto en un escaparate del centro de Madrid. Y me llevó de paseo, una mañana de domingo, para estrenarlo.
A mí no me gustaba mucho andar, con lo que pronto tuvo que cargar conmigo. Y con el abrigo.
A la vuelta, le pedí subir en los caballitos, en la feria que cada año montaban en la explanada cerca de casa.
Años más tarde hice un poema de aquel día.
Años más tarde sigo recordando el olor de aquella mañana, la suavidad de aquel abrigo, el calor de la mano de mi padre. Las calles que recorrimos para que yo me luciera. La satisfacción de aquel hombre que había conseguido, con horas extras en el trabajo, que su hija tuviera aquella prenda que le había llamado tanto la atención en aquel escaparate.
Años más tarde, como digo, hice este poema. Y, ahora, esta mañana lenta, con tantos febreros a mi espalda, cierro los ojos para volver a sentir todo aquello. Pero la distancia es ya muy larga, el tiempo hace su trabajo sin mirar a los lados, los recuerdos pesan demasiado y solo queda andar con la cabeza alta y las manos metidas en los bolsillos de algún abrigo que nos proteja del frío y de la nostalgia. Que nos caliente el alma.
"Era invierno y domingo.
Recuerdo el olor a chocolate caliente
y árboles de azúcar.
Luces veloces enmascaraban una noche
disfrazada de música,
gritos de niños cautivados, magia,
colores imposibles, globos,
manzanas vestidas de gala
y unos zapatos de charol beige
y mi abrigo nuevo.
¡Papá quiero montar en los caballitos!
Y él eligió el blanco.
Aupada, allí arriba,
aterrada y palpitante,
el mundo giraba dejando rastros
de entrecortadas ausencias.
En cada vuelta
interminable,
mi padre desaparecía para volver,
instantes después,
a velar por mí,
sus ojos y su sonrisa
me defendían del vértigo
y apaciguaban el ímpetu de mi montura.
Cuando me rescató,
amparándome entre sus brazos,
me dí cuenta por primera vez,
que podría cabalgar segura,
siempre,
por cualquier montaña,
por cualquier valle, por la vida,
sin miedo.
Siempre sentiría sus manos
envolviendo las mías,
su calor pegado a mi nariz,
y su amor.
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