sábado, 13 de diciembre de 2014

Galeria de trampantojos.





     Tengo facilidad para evocar olores, y cuando quiero, y sin el menor esfuerzo, puedo aspirar el aroma negro y romboide de aquellas pastillitas para la tos que mi abuelo me daba en cuanto asomaba por las puertas dobles de la biblioteca, mundo maravilloso que se me anunciaba incluso antes de abrir las enormes cristaleras policromadas, con aquellas aves desplegadoras de todos los colores del arco iris: —Abuelo, ¿cómo se llaman esos pájaros?
—Guacamayos,— me decía unas veces,— Aves del Paraíso—, otras.
Y luego, yo esperaba que sacara del bolsillo la diminuta y redonda caja: —¿quieres una juanola?, me ofrecía, mientras recorría con la vista los anaqueles repletos de libros, hasta encontrar alguno para darme.
Aquella tarde, me alargó, solemne, un tomo no muy grande y con las tapas un poco deslucidas. Leí “Corazón” y el autor, Edmundo D´Amicis, —te va a gustar— anticipó. 
Recuerdo que, afuera, alguien regaba la calle y, a través de la ventana abierta al verano, el olor a tierra mojada acompañó, para siempre, las aventuras de Garofi, Coreta, Enrique o el cuento del pequeño escribiente florentino.
El conde de Montecristo, los tres Mosqueteros y varios libros de viajes esperaban, pacientes, próximos veranos, futuras tardes mágicas.




VI.
( 28 de Septiembre, medianoche)

Hace rato que se han ido los últimos invitados. Ha sido una bonita fiesta. Mi marido me ayuda a colocar, en un rincón del salón, los regalos. Falta el camisón amarillo del escaparate. Mi madre me ha traído algo mejor. Cuando he abierto la caja alargada y de cantos un poco chafados que me tendía sonriendo, otra ráfaga de recuerdos ha salido de su interior.
Semienvuelta en un vaporoso papel etéreo, descansaba una gruesa trenza de pelo oscuro y prietas contorsiones, soberbia e indiferente en su inutilidad, casi desafiante y, sin embargo, con un deje inocente y pueril como el que me llevó, aquella noche lluviosa, a cercenarla de un tajo para que mi abuela pudiera lucir un moño en la boda de su hijo, mi tío Sebastián. Iba a ser la madrina y yo había escuchado a mi madre y a mis tías decir que no iba a tener suficiente pelo donde enganchar la peineta.
Mi madre fue a la boda con los ojos rojos del disgusto, yo con un sombrero, comprado a última hora, para disimular el destrozo, pero mi abuela lució un fastuoso moño que aguantó perfectamente la peineta y una mantilla de blonda que le había traído el novio, mi tío Sebastián de Venezuela, a donde se había ido cinco años atrás y de donde  volvió rico y con una novia gorda y dulce como un melocotón. Se llamaba Ana Luisa y en dos partos le dio a mi tío seis hijos.
Murió muchos años después, cuando su cuerpo casi iba a estallar de felicidad, amor y carnes sonrosadas y bamboleantes, como un flan gigante y goloso.



Ella fue la que iluminó mi infancia con montañas de cuentos troquelados, sin esperar a cumpleaños o Reyes: -Mira en el armario- me decía, y yo abría las puertas de aquel armario oscuro y mastodóntico de madera de nogal, traído de Caracas como regalo de boda, y encontraba dos o tres paquetes de cuentos envueltos en papeles de colores intensos y brillantes, como mi alegría.
Mi marido coge la caja de mis manos y la deposita con cuidado sobre la mesa, sabe que ha sido el mejor regalo. Mi madre la había guardado desde  entonces y cuando, agradecida, le he dado un beso, me ha susurrado al oído que siempre estuvo orgullosa de aquella infantil y radical decisión.


Un trocito del relato Galeria de trampantojos


3 comentarios:

  1. Ains como me gusta cotillear entre tus escritos señora de las letras,)con este de trampantojos me transportó a la niñez.

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    1. Pues me alegro querida brujita guapa que te haya traído recuerdos de antaño. Un beso.

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  2. ¡Ana Luisa, Ana Luisa, hermosa por dentro y por fuera! Sabía la alegría que recibías con esos cuentos fantásticos que te reservaba y tú leías con tanta emoción. También ella disfrutaba contigo...





























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