Me he despertado con los parloteos, escandalosos y precipitados, de las cotorras argentinas. No me molestan. Me gusta. He mantenido los ojos cerrados mientras escuchaba el rumor de mi cuerpo, atenta a lo que me pedía.
Me pedía silencio. Silencio absoluto en este domingo limpio y desocupado. Todo para mí. A mi entera disposición.
Después de una ducha ligera, mi caftán blanco. Sin pendientes, sin pulseras, sin más ropa. Y, descalza, siempre descalza, como mi bisa Eloísa, la curandera.
Café, un bolígrafo verde y un cuaderno impoluto y ofrecido. A estrenar. Y silencio.
Cada vez me gusta más el silencio. Evito reuniones donde haya más de media docena de personas, evito los restaurantes o cafeterías donde esté encendida la televisión o la música dificulte una charla relajante de susurro. No soy capaz de aparcar bien si está encendida la radio. Mis huidas, a pie o en el coche, no se acompañan de música ni llevo auriculares que me impidan ver.
Necesito estar libre de ruido para escuchar, con total nitidez, el aire, el murmullo de las hojas del álamo, el reclamo de los pájaros o la caída limpia del agua sobre la piedra. Amo el silencio.
Mi mejor foulard cubre, desde hace años, la pantalla del televisor. Castigado y mudo.
Ahora estoy en mi estudio, con el fondo vivo del guirigay de las cotorras, con el suave ronquido de mi perro, con el hormigueo de las yemas de mis dedos, ese runrún que me incita a escribir, que me mantiene, que me ayuda a dar el siguiente paso. Que me anima con empujoncitos de vida. Pero, silencio. Mi casa está en silencio. Estoy sola. Rodeada de libros y deseos de descubrir. De recordar, de separar el trigo de la paja. De encontrar.
Se han callado las cotorras; el cuaderno, colmado ya de una exuberancia de selva, con letra menuda, hormiguil, densa.
Y yo, esperando que, algún día, entre la espesura, avance, abriéndose pasos con golpes contundentes de machete, la palabra exacta.
En silencio.

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