viernes, 9 de enero de 2026

Y, al fondo, un mar

 Escribir que la vida es esto. Escribir que hay que continuar. Que no hay opción a detenerse. Seguir con el bolígrafo presto a enmascarar todo el dolor y las dudas. Es por eso que sigo, que atesoro, con ese ansia de loca, cuadernos nuevos, por eso me traigo bolígrafos de todas las mesas donde me apoyo. Por eso sigo. Porque la piel ha tomado ya la forma de declive, porque el deseo a veces no responde, porque los muertos son más numerosos que los vivos. Por puro miedo. Porque puede que esté confundida y haya desvíos que lleven todavía a la felicidad. O a creérsela. O creársela. O escribirla. Puede que hoy sea el día decisivo. Pero lo dudo. Se acostumbra el alma a la rutina y no se encuentra ya cómoda de otra manera. Y te sientas a esperar.

Y, esa forma de sonrisa que se hace mueca.
Y, al fondo, un mar.
Y la esperanza.
Y escribirla.



miércoles, 7 de enero de 2026

Estáis en vuestra casa

 Buenos días, gente guapa, amigos. Pasad, esta es mi casa donde, algunas veces,

 cuando las ansias me suben por el sendero algo torturado de mi espalda,

 me refugio y escribo. Muchos ya conocéis el alcance de mis palabras, aquí están

 textos antiguos, recién escritos o casi olvidados. 

Trece años ya que la habito. Y, aún no he encontrado aquello que buscaba. 

Pero yo continúo, porque no conozco otra forma más hermosa que esta: escribir,

jugar con las palabras, dejarme llevar por ellas. 

Sed bienvenidos. Os quiero y os necesito.

Estando ya mi casa sosegada


He descansado bien. Anoche me acosté, ya amanecida, casi rozando el filo del conticinio. Me propuse dejar la casa ordenada, en su estado original. La mascletá de emociones ya había pasado. Mi hija y su perro Rulo ya estaban de nuevo en Mallorca; los nietos, hijos y nueras, se habían despedido con las bolsas llenas de la magia de los Reyes. Y yo necesitaba quedarme con el escándalo del silencio. Mirando las cajas de los roscones en la encimera de la cocina, con las tapas mal encajadas y su diadema de nata; los helados abandonados; las pinturas camufladas bajo el sillón; la cama deshecha, aún con el dibujo de las huellas de mis tres duendecillos, de sus saltos de júbilo. Mi estudio, con restos de un tsunami.
Todo quedó en orden cuando me fui a la cama. Necesité además una ducha caliente y embadurnarme la cara con una crema que disimulara mi estupor. Mi desconcierto. Todo pasa, pensé. Hasta la alegría del caos. Antes de acostarme, en un rincón del pasillo, junto al mueble de los recuerdos, me encontré una pieza de puzzle. De Frozen. He dormido toda la noche con ella en la mano.



Ten siempre a Ítaca en tu mente

Queridos amigos de este rincón del alma. Ya hemos aterrizado en un nuevo año. Con la agenda abierta a lo incierto y lo deseado. Trescientas sesenta y cinco oportunidades de llenar de colores el lienzo en blanco de nuestra vida futura. Mojar el pincel en las entrañas y salpicar nuestro entorno de amor y alegría. Pedir que el camino sea largo, lleno de aventuras y experiencias, llegar a puertos nunca vistos antes, sin apresurarnos, que dure la travesía y atracar luego, enriquecidos de todo lo ganado. Tener siempre a ítaca en la mente. Dixit Kavafis.

Yo pido salud y talante para continuar escriviviendo. Desear que no me falten las palabras. Enredarme en historias y poesía.
Mi gente guapa, feliz año 2026
Y, recordad que os quiero.




Un dia nuevo.

Esta mañana, al despertar, la urgencia de este enero, frágil y sorprendido, se me ha enredado en la espalda, debajo del pecho, detrás de la nuca desolada. Anduve descalza por toda la casa, abriendo ventanas y futuros. Llamando en silencio y a gritos. Con ese temblor que sabes. Con el ansia que desconoces. Con ese hormigueo antiguo. Con los dientes apretados. Gozándote.

Pero la boca se mantenía ajena y los ojos permanecían abiertos.
La urgencia de este enero.
La velocidad del deseo.
Tu recuerdo.
Mi nostalgia.





lunes, 21 de julio de 2025

He tenido un sueño

He tenido un sueño. Era verano, como ahora. Me levantaba de la cama y, procurando no despertar a mi bisa Eloísa, con la que compartía habitación, hasta que, poco después, me echara con dulzura de su alcoba diciendo que si dormía con viejas me saldrían arrugas prematuras en la cara, salí al pasillo oscuro y largo de mi infancia. No tenía miedo porque al fondo, en el salón, una tímida luz me esperaba, como un faro seguro y familiar. Y allí estaba mi abuelo, sentado en el sofá de madera oscura y estampado de pájaros exóticos. Con un libro en la mano. No se enfadó ni me envió de nuevo a la cama, me invitó a sentarme y me leyó un trocito de El conde de Montecristo. Yo me apoyé en su hombro y aspiré el olor de sus pastillas Juanola, de la joven madrugada y del sabor gustoso de sus palabras.

Soñé que el sol de la mañana se deslizaba perezoso por las figuras geométricas de aquel suelo hidráulico, por la puntilla de mi camisón rosa y por mis pies descalzos. Soñé que mi abuela, mis tíos y mis padres, todos, dormían aún en aquella casa grande.

Soñé que los lazos de mis coletas se habían deshecho con aquel viento tibio del recuerdo. Hoy, al despertar, he tardado largo rato en ubicar mis ansias, en regresar.

He buscado despacio mis cuentos de antaño. Para volver de nuevo al sueño. Para seguir siendo niña y para darle tiempo a mi madre, cuando se despertara, a hacerme bien el lazo de las trenzas.





jueves, 17 de julio de 2025

Escrivivir

 

Me queréis, me conocéis y me regaláis cuadernos, hermosos, tentadores.
Me conocéis y sabéis que, esa misma noche, tengo que escribir algo en ellos, hacerlos partícipes de mis ansias, hacerlos míos.
Querido diario, escribí esta mañana en ese pequeño de la derecha, querido diario: me he levantado con una derrota y un sueño. La derrota de no saber cómo continuar y el sueño de llegar. De intentarlo al menos.
Puede que, en alguno de estos preciosos cuadernos, en cualquiera de ellos, algún día, escriba eso que busco.