Me encuentro al borde de un precipicio. Un paso más y me despeño.
Estoy atorada en una novela, en una historia que se me ha rebelado, que me desobedece sin ningún rubor. Me amenaza y se ríe en mi cara de mi falta de recursos. Se ha sublevado.
Tengo atoradas todas las palabras. Loca y ciega, intento empujar la puerta para buscar la resolución, para ordenarlas. Para intentar encontrar una salida digna. Pero no caigo en la cuenta de que la puerta se abre hacia dentro. Cuanto más empujo, más me encierro en mi caos.
En un acto de soberbia, he borrado todas las páginas escritas y me he quedado, desnuda y temblando, ante la pantalla en blanco, con el cursor asombrado y sorprendido por mi acto impulsivo, impetuoso y sin sentido.
Esta tarde tengo un encuentro poético. Tengo que tranquilizarme y ubicarme de nuevo.
Me calzo mis zapatillas de huir y me lanzo a recorrer la alameda, a preguntar a los árboles qué hacer.
Manuela, la portera de mi novela, está tan perdida como yo.
Casi doscientas páginas se han evaporado. Pero no puedo dejarla con su sueño de escapar. Quizá también sea el mio.
Mañana le pediré perdón, entraré de nuevo en su reino de la calle Jorge Juan y retomaremos su historia. Se lo debo. Al fin y al cabo, fui yo la que la incité a que me la contara. No puedo defraudarla. No quiero defraudaros.

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