Mis amigos me ven triste en el poema.
Les confunde, me dicen, el olor a niebla
Mis amigos me ven triste en el poema.
Les confunde, me dicen, el olor a niebla
Ella había nacido alegre. Nunca dejó de serlo. Sabía mirar y ver.
Sabía agradecer. Sabía introducirse, licuarse casi, en la magia de un bosque, en el hechizo de la luna, en el milagro de una flor minúscula brotando entre las baldosas de la avenida. En el peregrinaje de las hormigas.
Ella era una eterna enamorada de las pequeñas cosas. Había nacido, como os digo, con el atributo de la alegría.
Y, por eso se preguntaba, cada día, el porqué de esa tristeza que supuraban sus ojos al despertar, esa inercia, esa falta de ganas de continuar, esa losa con la que tenía que luchar a cada momento, en cada recodo del camino, cada vez que se acordaba del error.
Cada vez que se percataba de su eterno fracaso. Sabía el día y la hora. Recordaba las dudas de sus dudas. El paso. Medio siglo ya de aquel desvío.
Me he despertado con los parloteos, escandalosos y precipitados, de las cotorras argentinas. No me molestan. Me gusta. He mantenido los ojos cerrados mientras escuchaba el rumor de mi cuerpo, atenta a lo que me pedía.
Bienvenidos, amigos, a mi casa.
Últimamente la tengo algo abandonada, los trajines diarios, la escritura, las ferias,
algún paseo hermoso con el nieto, las escapadas para pensar, sola, caminando, con mis zapatillas de huir, hasta llegar al final de la alameda.
La lectura compulsiva.
Pero aquí está, a vuestra disposición, con la puerta abierta al abrazo.
Encima de la mesa, pequeños retazos de mi sentir al amanecer, cuando, incapaz de continuar en la cama, tengo que saltar y calmar este hormigueo de los dedos, que me impulsa al tecleo y a la confesión.
Acudo a la escritura como desahogo, como rodrigón que me sostiene.
Lo mismo que vosotros, mis queridos lectores, amigos, que acudís siempre a la llamada,
al brote, cauterizando la herida.
Agradecida.
Abrazos.
Me he levantado con la incertidumbre pegada a la cintura, con los hombros algo vencidos y con los bolígrafos vacíos de paisajes y esperanza. He salido a pasear las calles de antaño. Por ver si me regresa el deseo. Y ha sido esta ventana, con sus tirabuzones de luz, con su reflejo duplicado y gozoso, la que me ha dejado parada, escuchando su mensaje, su algarabía, su seguridad de recuerdo, su majestuosa opulencia. Y ahora lo escribo y, poco a poco, me vuelven las ganas de pedir aquello, de esperar el milagro. De encontrar lo que perdí. Lo que nunca tuve.
"Estoy preñada de palabras y no sé con quién hice el amor", me he despertado con este verso de mi paisano Dionisio Cañas entre los dientes. Llevo toda la mañana repitiéndolo.
¿Cómo puede uno querer ser escritor, si no tiene nada que decir?, comienza diciendo Rafael Chirbes en el tercero y último de sus diarios. Nada que decir. O, mucho. En cualquiera de los dos casos, hay una limitación, una mordaza que impide que coloques las palabras precisas en un texto que se rebelaría contra tí.