lunes, 20 de abril de 2026

El error

 Ella había nacido alegre. Nunca dejó de serlo. Sabía mirar y ver.

Sabía agradecer. Sabía introducirse, licuarse casi, en la magia de un bosque, en el hechizo de la luna, en el milagro de una flor minúscula brotando entre las baldosas de la avenida. En el peregrinaje de las hormigas.

Ella era una eterna enamorada de las pequeñas cosas. Había nacido, como os digo, con el atributo de la alegría.

Y, por eso se preguntaba, cada día, el porqué de esa tristeza que supuraban sus ojos al despertar, esa inercia, esa falta de ganas de continuar, esa losa con la que tenía que luchar a cada momento, en cada recodo del camino, cada vez que se acordaba del error.

Cada vez que se percataba de su eterno fracaso. Sabía el día y la hora. Recordaba las dudas de sus dudas. El paso. Medio siglo ya de aquel desvío.

Toda una vida en barbecho. Yerma.
Sin fruto.
Sola.





domingo, 19 de abril de 2026

Silencio

 Me he despertado con los parloteos, escandalosos y precipitados, de las cotorras argentinas. No me molestan. Me gusta. He mantenido los ojos cerrados mientras escuchaba el rumor de mi cuerpo, atenta a lo que me pedía.

Me pedía silencio. Silencio absoluto en este domingo limpio y desocupado. Todo para mí. A mi entera disposición.
Después de una ducha ligera, mi caftán blanco. Sin pendientes, sin pulseras, sin más ropa. Y, descalza, siempre descalza, como mi bisa Eloísa, la curandera.
Café, un bolígrafo verde y un cuaderno impoluto y ofrecido. A estrenar. Y silencio.
Cada vez me gusta más el silencio. Evito reuniones donde haya más de media docena de personas, evito los restaurantes o cafeterías donde esté encendida la televisión o la música dificulte una charla relajante de susurro. No soy capaz de aparcar bien si está encendida la radio. Mis huidas, a pie o en el coche, no se acompañan de música ni llevo auriculares que me impidan ver.
Necesito estar libre de ruido para escuchar, con total nitidez, el aire, el murmullo de las hojas del álamo, el reclamo de los pájaros o la caída limpia del agua sobre la piedra. Amo el silencio.
Mi mejor foulard cubre, desde hace años, la pantalla del televisor. Castigado y mudo.
Ahora estoy en mi estudio, con el fondo vivo del guirigay de las cotorras, con el suave ronquido de mi perro, con el hormigueo de las yemas de mis dedos, ese runrún que me incita a escribir, que me mantiene, que me ayuda a dar el siguiente paso. Que me anima con empujoncitos de vida. Pero, silencio. Mi casa está en silencio. Estoy sola. Rodeada de libros y deseos de descubrir. De recordar, de separar el trigo de la paja. De encontrar.
Se han callado las cotorras; el cuaderno, colmado ya de una exuberancia de selva, con letra menuda, hormiguil, densa.
Y yo, esperando que, algún día, entre la espesura, avance, abriéndose pasos con golpes contundentes de machete, la palabra exacta.
En silencio.



martes, 14 de abril de 2026

Bienvenidos

 Bienvenidos, amigos, a mi casa.

Últimamente la tengo algo abandonada, los trajines diarios, la escritura, las ferias,

 algún paseo hermoso con el nieto, las escapadas para pensar, sola, caminando, con mis zapatillas de huir, hasta llegar al final de la alameda.

 La lectura compulsiva.

Pero aquí está, a vuestra disposición, con la puerta abierta al abrazo.

Encima de la mesa, pequeños retazos de mi sentir al amanecer, cuando, incapaz de continuar en la cama, tengo que saltar y calmar este hormigueo de los dedos, que me impulsa al tecleo y a la confesión.

Acudo a la escritura como desahogo, como rodrigón que me sostiene.

Lo mismo que vosotros, mis queridos lectores, amigos, que acudís siempre a la llamada,

al brote, cauterizando la herida. 

Agradecida. 

Abrazos.








Tirabuzones de luz

 Me he levantado con la incertidumbre pegada a la cintura, con los hombros algo vencidos y con los bolígrafos vacíos de paisajes y esperanza. He salido a pasear las calles de antaño. Por ver si me regresa el deseo. Y ha sido esta ventana, con sus tirabuzones de luz, con su reflejo duplicado y gozoso, la que me ha dejado parada, escuchando su mensaje, su algarabía, su seguridad de recuerdo, su majestuosa opulencia. Y ahora lo escribo y, poco a poco, me vuelven las ganas de pedir aquello, de esperar el milagro. De encontrar lo que perdí. Lo que nunca tuve.




Fingir alegría

 "Estoy preñada de palabras y no sé con quién hice el amor", me he despertado con este verso de mi paisano Dionisio Cañas entre los dientes. Llevo toda la mañana repitiéndolo.

Así me veo. Voy de poema en poema, huyendo. Preñada.
Y sé de qué huyo. De qué intento alejarme, construyendo, sílaba a sílaba, un recorrido que pudo haber sido, que no fue.
Y, fue mi culpa. Sólo mía.
Una gestación baldía, sin fruto.
Sí recuerdo el momento exacto, el ansia de correr, la prisa por alcanzar el horizonte. No sabía entonces nada de utopías ni de anhelos.
Sólo el ansia. Ciega. Y tomé lo primero que me salió al paso.
No hice nunca el amor para justificar esta gestación perpetua. Este peso atroz en el vientre. Esta tristeza añeja. Un reconcome que ya es hábito. Que mina en silencio. Que amordaza.
Pero salgo a la mañana que parpadea con asombro, me detengo ante la sorpresa y finjo alegría.









lunes, 13 de abril de 2026

Querer ser escritor

¿Cómo puede uno querer ser escritor, si no tiene nada que decir?, comienza diciendo Rafael Chirbes en el tercero y último de sus diarios. Nada que decir. O, mucho. En cualquiera de los dos casos, hay una limitación, una mordaza que impide que coloques las palabras precisas en un texto que se rebelaría contra tí.

Tírame vientos de alegría alguna vez, me dijo. Y, ahí está la desazón. Y la mordaza.
Tengo la sensación de estar perdiendo mucha sangre por alguna herida que no ubico, dijo alguna vez, la Pizarnik.
Lo importante es encontrar a alguien que, a estas alturas de la vida, te regale las primeras veces, le leí a García Márquez.
Lo que imaginamos también forma parte de la realidad, escuché decir un martes a Rosa Montero.
El mayor error de mi vida fue entregar mi corazón a alguien que necesita un cerebro, (no recuerdo quién lo dijo, quizá fui yo).
A veces la única forma de recuperar la estabilidad es perder el equilibrio, (tampoco sé de quién es la frase).
Es cierto que esta mañana, mirando los picos de la sierra desde mi ventana, no tengo nada que decir. Me nutro de frases recordadas, de estos pequeños placebos, para calmar el murmullo de ansiedad de mis dedos, ávidos de escribir todo aquello que me diga, que me defina, que te responda, que me sane.
Ya me he puesto mis zapatillas de huir. Salgo a correr por la alameda. A tocar el aire y el tronco rotundo de los árboles. Salgo.
¿Cómo quiero ser escritora, si no tengo nada que decir?
O, tanto, que no sé escoger las palabras precisas que iluminen el resto del camino.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Tiempo, más tiempo.

 Hoy es uno de esos días. Sensación de fugacidad. De tiempo limitado. Cojo la novela que estoy leyendo; la novela que estoy escribiendo; el poema que dejé anoche a medias; pienso que debería ordenar ropa; que llevo tres faltas a yoga; quiero retomar la pintura; hace mucho que no monto a caballo; no recuerdo la última vez que; miro la torre de libros por leer; tengo media docena de besos pendientes; me acuerdo demasiado de aquello; que para cuándo cumplir ese deseo postergado..., todo eso. Y, más. Y el tiempo que se escapa, ajeno a tu angustia. Cruel.

En la foto sonrío, pero, hay días que pienso y me abrazo sin prisa.