martes, 14 de abril de 2026

Bienvenidos

 Bienvenidos, amigos, a mi casa.

Últimamente la tengo algo abandonada, los trajines diarios, la escritura, las ferias,

 algún paseo hermoso con el nieto, las escapadas para pensar, sola, caminando, con mis zapatillas de huir, hasta llegar al final de la alameda.

 La lectura compulsiva.

Pero aquí está, a vuestra disposición, con la puerta abierta al abrazo.

Encima de la mesa, pequeños retazos de mi sentir al amanecer, cuando, incapaz de continuar en la cama, tengo que saltar y calmar este hormigueo de los dedos, que me impulsa al tecleo y a la confesión.

Acudo a la escritura como desahogo, como rodrigón que me sostiene.

Lo mismo que vosotros, mis queridos lectores, amigos, que acudís siempre a la llamada,

al brote, cauterizando la herida. 

Agradecida. 

Abrazos.








Tirabuzones de luz

 Me he levantado con la incertidumbre pegada a la cintura, con los hombros algo vencidos y con los bolígrafos vacíos de paisajes y esperanza. He salido a pasear las calles de antaño. Por ver si me regresa el deseo. Y ha sido esta ventana, con sus tirabuzones de luz, con su reflejo duplicado y gozoso, la que me ha dejado parada, escuchando su mensaje, su algarabía, su seguridad de recuerdo, su majestuosa opulencia. Y ahora lo escribo y, poco a poco, me vuelven las ganas de pedir aquello, de esperar el milagro. De encontrar lo que perdí. Lo que nunca tuve.




Fingir alegría

 "Estoy preñada de palabras y no sé con quién hice el amor", me he despertado con este verso de mi paisano Dionisio Cañas entre los dientes. Llevo toda la mañana repitiéndolo.

Así me veo. Voy de poema en poema, huyendo. Preñada.
Y sé de qué huyo. De qué intento alejarme, construyendo, sílaba a sílaba, un recorrido que pudo haber sido, que no fue.
Y, fue mi culpa. Sólo mía.
Una gestación baldía, sin fruto.
Sí recuerdo el momento exacto, el ansia de correr, la prisa por alcanzar el horizonte. No sabía entonces nada de utopías ni de anhelos.
Sólo el ansia. Ciega. Y tomé lo primero que me salió al paso.
No hice nunca el amor para justificar esta gestación perpetua. Este peso atroz en el vientre. Esta tristeza añeja. Un reconcome que ya es hábito. Que mina en silencio. Que amordaza.
Pero salgo a la mañana que parpadea con asombro, me detengo ante la sorpresa y finjo alegría.









lunes, 13 de abril de 2026

Querer ser escritor

¿Cómo puede uno querer ser escritor, si no tiene nada que decir?, comienza diciendo Rafael Chirbes en el tercero y último de sus diarios. Nada que decir. O, mucho. En cualquiera de los dos casos, hay una limitación, una mordaza que impide que coloques las palabras precisas en un texto que se rebelaría contra tí.

Tírame vientos de alegría alguna vez, me dijo. Y, ahí está la desazón. Y la mordaza.
Tengo la sensación de estar perdiendo mucha sangre por alguna herida que no ubico, dijo alguna vez, la Pizarnik.
Lo importante es encontrar a alguien que, a estas alturas de la vida, te regale las primeras veces, le leí a García Márquez.
Lo que imaginamos también forma parte de la realidad, escuché decir un martes a Rosa Montero.
El mayor error de mi vida fue entregar mi corazón a alguien que necesita un cerebro, (no recuerdo quién lo dijo, quizá fui yo).
A veces la única forma de recuperar la estabilidad es perder el equilibrio, (tampoco sé de quién es la frase).
Es cierto que esta mañana, mirando los picos de la sierra desde mi ventana, no tengo nada que decir. Me nutro de frases recordadas, de estos pequeños placebos, para calmar el murmullo de ansiedad de mis dedos, ávidos de escribir todo aquello que me diga, que me defina, que te responda, que me sane.
Ya me he puesto mis zapatillas de huir. Salgo a correr por la alameda. A tocar el aire y el tronco rotundo de los árboles. Salgo.
¿Cómo quiero ser escritora, si no tengo nada que decir?
O, tanto, que no sé escoger las palabras precisas que iluminen el resto del camino.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Tiempo, más tiempo.

 Hoy es uno de esos días. Sensación de fugacidad. De tiempo limitado. Cojo la novela que estoy leyendo; la novela que estoy escribiendo; el poema que dejé anoche a medias; pienso que debería ordenar ropa; que llevo tres faltas a yoga; quiero retomar la pintura; hace mucho que no monto a caballo; no recuerdo la última vez que; miro la torre de libros por leer; tengo media docena de besos pendientes; me acuerdo demasiado de aquello; que para cuándo cumplir ese deseo postergado..., todo eso. Y, más. Y el tiempo que se escapa, ajeno a tu angustia. Cruel.

En la foto sonrío, pero, hay días que pienso y me abrazo sin prisa.





viernes, 27 de febrero de 2026

Mi novela se me rebela

 Me encuentro al borde de un precipicio. Un paso más y me despeño.

Estoy atorada en una novela, en una historia que se me ha rebelado, que me desobedece sin ningún rubor. Me amenaza y se ríe en mi cara de mi falta de recursos. Se ha sublevado.
Tengo atoradas todas las palabras. Loca y ciega, intento empujar la puerta para buscar la resolución, para ordenarlas. Para intentar encontrar una salida digna. Pero no caigo en la cuenta de que la puerta se abre hacia dentro. Cuanto más empujo, más me encierro en mi caos.
En un acto de soberbia, he borrado todas las páginas escritas y me he quedado, desnuda y temblando, ante la pantalla en blanco, con el cursor asombrado y sorprendido por mi acto impulsivo, impetuoso y sin sentido.
Esta tarde tengo un encuentro poético. Tengo que tranquilizarme y ubicarme de nuevo.
Me calzo mis zapatillas de huir y me lanzo a recorrer la alameda, a preguntar a los árboles qué hacer.
Manuela, la portera de mi novela, está tan perdida como yo.
Casi doscientas páginas se han evaporado. Pero no puedo dejarla con su sueño de escapar. Quizá también sea el mio.
Mañana le pediré perdón, entraré de nuevo en su reino de la calle Jorge Juan y retomaremos su historia. Se lo debo. Al fin y al cabo, fui yo la que la incité a que me la contara. No puedo defraudarla. No quiero defraudaros.





lunes, 23 de febrero de 2026

Para mi padre

 Mi padre tenía los ojos seductores

y el pelo lleno de caracoles negros,
enamoró a mi madre con la promesa de un poema interminable
y rondando su ventana con pasos lentos.
Se llamaba Ángel.
Mi madre me dijo que le desabrochó
los sesenta y ocho botones de su vestido de novia
con la delicada minuciosidad de un cirujano
y que luego se detuvo un instante
para que la luna derramara sobre la cama las miles de noches
que tendrían para quererse.
Se fueron de viaje en una tartana sin prisa tirada por dos corceles blancos.
Mi madre me cuenta que, una tarde,
en la que su marido la llevó a pasear por todas las calles de Madrid,
le preguntó, algo engreído,
en una de aquellas encrucijadas y laberintos,
que si sabía dónde estaba.
Mi madre me dijo que le tomó de la mano,
levantó la mirada hacia su boca y respondió: contigo.
Me gusta recordar esa anécdota hermosa,
mi padre se reconoció vencido,
y yo envidio aquella respuesta enamorada de mi madre,
su entrega confiada.
Nunca una sensación parecida me ha estallado en el pecho.