viernes, 13 de febrero de 2026

Ayer me volvieron a ceder el asiento en el metro

Estoy trabajando en mi estudio desde un poco antes de que la mañana hiciera acto de presencia. Entró en mis ventanales, tímida y sin prisa, algo acobardada por la lluvia que anulaba su brillantez de otros días. Hoy me he saltado el gimnasio, me he escondido dentro de un mono entero con rabito y orejas de perro, kigurumi, creo que se llama y que me protege de los miedos cuando estoy en casa escribiendo o leyendo. Llevo tres cafés. Hoy no saldré a la calle. Ayer me volvieron a ceder el asiento en el metro.

Le agradecí al muchacho la atención, negué con una sonrisa y apreté con fuerza los libros sobre el pecho. Me miré en el cristal de la puerta. Vi a una mujer joven, con sombrero, con una sonrisa, con una urgencia en la mirada, con ganas de continuar de pie. ¿Qué es lo que vio el chico para querer dejarme el asiento?
Ahora estoy mirando a mi vecina del otro bloque, hace ángulo su cocina con mi estudio y siempre la recuerdo fregando con ansia los cristales, tarareando la felicidad que le procuraba la limpieza. Me enteré hace poco que ya no es ella. Se ha asomado, levantando un poco la cortina, y mira la lluvia como si de pronto descubriera el sentido de la vida. Descubriendo que ya es tarde para saber vivirla.
¿Qué vio el amable chico cuando me quiso ceder el asiento?
Le invitaría a un café, le hablaría, le diría que yo también paseé mi cintura por los veinte años; que me descalcé por calles desiertas para sentir el frío y el deseo; que dejé que me abrazaran mientras escondía la risa entre mi melena suelta; que una noche tuve miedo y encendí una vela a no recuerdo qué santo; que me equivoqué muchas veces; que he vivido y que, ahora, ahora, a estas alturas en las que me ve y me quiere ceder un trozo de seguridad por si me caigo o estoy cansada, (le agradecí de nuevo su amabilidad cuando me bajé tres estaciones después), que ahora, digo, aún, todavía, oigo en mi cuerpo la carcoma en las noches de lluvia; me llegan recuerdos a la garganta cuando escucho una canción; que, de vez en cuando, busco en aquel libro su dedicatoria; que aún siento nostalgia por aquellas historias de amor que no ocurrieron, pero que fueron vértigo y mirada, que aún perduran; que, (le diría), aún me alimento de amores que brotan cuando me creo invisible y que, debajo del sombrero guardo una carta marcada, un deseo que palpita y se niega a desaparecer, como el brillo en la mirada de mi vecina, como la mañana que hoy no ha tenido su momento de gloria.
Una tarde, en Madrid, me regalaron flores amarillas, mis preferidas. A mi espalda, un hermoso caballo, huído del tiovivo de mi infancia, me recordaba que aún hay tiempo, que no me siente aunque sea un joven guapo el que me ofrece un sitio de reposo, que siga buscando la belleza en cada esquina, que siga de novia con la vida, que baje a la calle cuando más llueva, que mire y vea, que no deje de abrazar a todos los árboles de la avenida, que le hable a la luna, que me vuelva a enamorar. Que me deje seducir, que yo no lo deje de intentar. Siempre. De nuevo.




viernes, 9 de enero de 2026

Y, al fondo, un mar

 Escribir que la vida es esto. Escribir que hay que continuar. Que no hay opción a detenerse. Seguir con el bolígrafo presto a enmascarar todo el dolor y las dudas. Es por eso que sigo, que atesoro, con ese ansia de loca, cuadernos nuevos, por eso me traigo bolígrafos de todas las mesas donde me apoyo. Por eso sigo. Porque la piel ha tomado ya la forma de declive, porque el deseo a veces no responde, porque los muertos son más numerosos que los vivos. Por puro miedo. Porque puede que esté confundida y haya desvíos que lleven todavía a la felicidad. O a creérsela. O creársela. O escribirla. Puede que hoy sea el día decisivo. Pero lo dudo. Se acostumbra el alma a la rutina y no se encuentra ya cómoda de otra manera. Y te sientas a esperar.

Y, esa forma de sonrisa que se hace mueca.
Y, al fondo, un mar.
Y la esperanza.
Y escribirla.



miércoles, 7 de enero de 2026

Estáis en vuestra casa

 Buenos días, gente guapa, amigos. Pasad, esta es mi casa donde, algunas veces,

 cuando las ansias me suben por el sendero algo torturado de mi espalda,

 me refugio y escribo. Muchos ya conocéis el alcance de mis palabras, aquí están

 textos antiguos, recién escritos o casi olvidados. 

Trece años ya que la habito. Y, aún no he encontrado aquello que buscaba. 

Pero yo continúo, porque no conozco otra forma más hermosa que esta: escribir,

jugar con las palabras, dejarme llevar por ellas. 

Sed bienvenidos. Os quiero y os necesito.

Estando ya mi casa sosegada


He descansado bien. Anoche me acosté, ya amanecida, casi rozando el filo del conticinio. Me propuse dejar la casa ordenada, en su estado original. La mascletá de emociones ya había pasado. Mi hija y su perro Rulo ya estaban de nuevo en Mallorca; los nietos, hijos y nueras, se habían despedido con las bolsas llenas de la magia de los Reyes. Y yo necesitaba quedarme con el escándalo del silencio. Mirando las cajas de los roscones en la encimera de la cocina, con las tapas mal encajadas y su diadema de nata; los helados abandonados; las pinturas camufladas bajo el sillón; la cama deshecha, aún con el dibujo de las huellas de mis tres duendecillos, de sus saltos de júbilo. Mi estudio, con restos de un tsunami.
Todo quedó en orden cuando me fui a la cama. Necesité además una ducha caliente y embadurnarme la cara con una crema que disimulara mi estupor. Mi desconcierto. Todo pasa, pensé. Hasta la alegría del caos. Antes de acostarme, en un rincón del pasillo, junto al mueble de los recuerdos, me encontré una pieza de puzzle. De Frozen. He dormido toda la noche con ella en la mano.



Ten siempre a Ítaca en tu mente

Queridos amigos de este rincón del alma. Ya hemos aterrizado en un nuevo año. Con la agenda abierta a lo incierto y lo deseado. Trescientas sesenta y cinco oportunidades de llenar de colores el lienzo en blanco de nuestra vida futura. Mojar el pincel en las entrañas y salpicar nuestro entorno de amor y alegría. Pedir que el camino sea largo, lleno de aventuras y experiencias, llegar a puertos nunca vistos antes, sin apresurarnos, que dure la travesía y atracar luego, enriquecidos de todo lo ganado. Tener siempre a ítaca en la mente. Dixit Kavafis.

Yo pido salud y talante para continuar escriviviendo. Desear que no me falten las palabras. Enredarme en historias y poesía.
Mi gente guapa, feliz año 2026
Y, recordad que os quiero.




Un dia nuevo.

Esta mañana, al despertar, la urgencia de este enero, frágil y sorprendido, se me ha enredado en la espalda, debajo del pecho, detrás de la nuca desolada. Anduve descalza por toda la casa, abriendo ventanas y futuros. Llamando en silencio y a gritos. Con ese temblor que sabes. Con el ansia que desconoces. Con ese hormigueo antiguo. Con los dientes apretados. Gozándote.

Pero la boca se mantenía ajena y los ojos permanecían abiertos.
La urgencia de este enero.
La velocidad del deseo.
Tu recuerdo.
Mi nostalgia.





lunes, 21 de julio de 2025

He tenido un sueño

He tenido un sueño. Era verano, como ahora. Me levantaba de la cama y, procurando no despertar a mi bisa Eloísa, con la que compartía habitación, hasta que, poco después, me echara con dulzura de su alcoba diciendo que si dormía con viejas me saldrían arrugas prematuras en la cara, salí al pasillo oscuro y largo de mi infancia. No tenía miedo porque al fondo, en el salón, una tímida luz me esperaba, como un faro seguro y familiar. Y allí estaba mi abuelo, sentado en el sofá de madera oscura y estampado de pájaros exóticos. Con un libro en la mano. No se enfadó ni me envió de nuevo a la cama, me invitó a sentarme y me leyó un trocito de El conde de Montecristo. Yo me apoyé en su hombro y aspiré el olor de sus pastillas Juanola, de la joven madrugada y del sabor gustoso de sus palabras.

Soñé que el sol de la mañana se deslizaba perezoso por las figuras geométricas de aquel suelo hidráulico, por la puntilla de mi camisón rosa y por mis pies descalzos. Soñé que mi abuela, mis tíos y mis padres, todos, dormían aún en aquella casa grande.

Soñé que los lazos de mis coletas se habían deshecho con aquel viento tibio del recuerdo. Hoy, al despertar, he tardado largo rato en ubicar mis ansias, en regresar.

He buscado despacio mis cuentos de antaño. Para volver de nuevo al sueño. Para seguir siendo niña y para darle tiempo a mi madre, cuando se despertara, a hacerme bien el lazo de las trenzas.