Me he levantado con la incertidumbre pegada a la cintura, con los hombros algo vencidos y con los bolígrafos vacíos de paisajes y esperanza. He salido a pasear las calles de antaño. Por ver si me regresa el deseo. Y ha sido esta ventana, con sus tirabuzones de luz, con su reflejo duplicado y gozoso, la que me ha dejado parada, escuchando su mensaje, su algarabía, su seguridad de recuerdo, su majestuosa opulencia. Y ahora lo escribo y, poco a poco, me vuelven las ganas de pedir aquello, de esperar el milagro. De encontrar lo que perdí. Lo que nunca tuve.
martes, 14 de abril de 2026
Fingir alegría
"Estoy preñada de palabras y no sé con quién hice el amor", me he despertado con este verso de mi paisano Dionisio Cañas entre los dientes. Llevo toda la mañana repitiéndolo.
lunes, 13 de abril de 2026
Querer ser escritor
¿Cómo puede uno querer ser escritor, si no tiene nada que decir?, comienza diciendo Rafael Chirbes en el tercero y último de sus diarios. Nada que decir. O, mucho. En cualquiera de los dos casos, hay una limitación, una mordaza que impide que coloques las palabras precisas en un texto que se rebelaría contra tí.
miércoles, 4 de marzo de 2026
Tiempo, más tiempo.
Hoy es uno de esos días. Sensación de fugacidad. De tiempo limitado. Cojo la novela que estoy leyendo; la novela que estoy escribiendo; el poema que dejé anoche a medias; pienso que debería ordenar ropa; que llevo tres faltas a yoga; quiero retomar la pintura; hace mucho que no monto a caballo; no recuerdo la última vez que; miro la torre de libros por leer; tengo media docena de besos pendientes; me acuerdo demasiado de aquello; que para cuándo cumplir ese deseo postergado..., todo eso. Y, más. Y el tiempo que se escapa, ajeno a tu angustia. Cruel.
viernes, 27 de febrero de 2026
Mi novela se me rebela
Me encuentro al borde de un precipicio. Un paso más y me despeño.
lunes, 23 de febrero de 2026
Para mi padre
Mi padre tenía los ojos seductores
viernes, 13 de febrero de 2026
Ayer me volvieron a ceder el asiento en el metro
Estoy trabajando en mi estudio desde un poco antes de que la mañana hiciera acto de presencia. Entró en mis ventanales, tímida y sin prisa, algo acobardada por la lluvia que anulaba su brillantez de otros días. Hoy me he saltado el gimnasio, me he escondido dentro de un mono entero con rabito y orejas de perro, kigurumi, creo que se llama y que me protege de los miedos cuando estoy en casa escribiendo o leyendo. Llevo tres cafés. Hoy no saldré a la calle. Ayer me volvieron a ceder el asiento en el metro.
Le agradecí al muchacho la atención, negué con una sonrisa y apreté con fuerza los libros sobre el pecho. Me miré en el cristal de la puerta. Vi a una mujer joven, con sombrero, con una sonrisa, con una urgencia en la mirada, con ganas de continuar de pie. ¿Qué es lo que vio el chico para querer dejarme el asiento?Ahora estoy mirando a mi vecina del otro bloque, hace ángulo su cocina con mi estudio y siempre la recuerdo fregando con ansia los cristales, tarareando la felicidad que le procuraba la limpieza. Me enteré hace poco que ya no es ella. Se ha asomado, levantando un poco la cortina, y mira la lluvia como si de pronto descubriera el sentido de la vida. Descubriendo que ya es tarde para saber vivirla.
¿Qué vio el amable chico cuando me quiso ceder el asiento?
Le invitaría a un café, le hablaría, le diría que yo también paseé mi cintura por los veinte años; que me descalcé por calles desiertas para sentir el frío y el deseo; que dejé que me abrazaran mientras escondía la risa entre mi melena suelta; que una noche tuve miedo y encendí una vela a no recuerdo qué santo; que me equivoqué muchas veces; que he vivido y que, ahora, ahora, a estas alturas en las que me ve y me quiere ceder un trozo de seguridad por si me caigo o estoy cansada, (le agradecí de nuevo su amabilidad cuando me bajé tres estaciones después), que ahora, digo, aún, todavía, oigo en mi cuerpo la carcoma en las noches de lluvia; me llegan recuerdos a la garganta cuando escucho una canción; que, de vez en cuando, busco en aquel libro su dedicatoria; que aún siento nostalgia por aquellas historias de amor que no ocurrieron, pero que fueron vértigo y mirada, que aún perduran; que, (le diría), aún me alimento de amores que brotan cuando me creo invisible y que, debajo del sombrero guardo una carta marcada, un deseo que palpita y se niega a desaparecer, como el brillo en la mirada de mi vecina, como la mañana que hoy no ha tenido su momento de gloria.
Una tarde, en Madrid, me regalaron flores amarillas, mis preferidas. A mi espalda, un hermoso caballo, huído del tiovivo de mi infancia, me recordaba que aún hay tiempo, que no me siente aunque sea un joven guapo el que me ofrece un sitio de reposo, que siga buscando la belleza en cada esquina, que siga de novia con la vida, que baje a la calle cuando más llueva, que mire y vea, que no deje de abrazar a todos los árboles de la avenida, que le hable a la luna, que me vuelva a enamorar. Que me deje seducir, que yo no lo deje de intentar. Siempre. De nuevo.






