Mi padre tenía los ojos seductores
y el pelo lleno de caracoles negros,
enamoró a mi madre con la promesa de un poema interminable
y rondando su ventana con pasos lentos.
Se llamaba Ángel.
Mi madre me dijo que le desabrochó
los sesenta y ocho botones de su vestido de novia
con la delicada minuciosidad de un cirujano
y que luego se detuvo un instante
para que la luna derramara sobre la cama las miles de noches
que tendrían para quererse.
Se fueron de viaje en una tartana sin prisa tirada por dos corceles blancos.
Mi madre me cuenta que, una tarde,
en la que su marido la llevó a pasear por todas las calles de Madrid,
le preguntó, algo engreído,
en una de aquellas encrucijadas y laberintos,
que si sabía dónde estaba.
Mi madre me dijo que le tomó de la mano,
levantó la mirada hacia su boca y respondió: contigo.
Me gusta recordar esa anécdota hermosa,
mi padre se reconoció vencido,
y yo envidio aquella respuesta enamorada de mi madre,
su entrega confiada.
Nunca una sensación parecida me ha estallado en el pecho.

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