lunes, 23 de febrero de 2026

Para mi padre

 Mi padre tenía los ojos seductores

y el pelo lleno de caracoles negros,
enamoró a mi madre con la promesa de un poema interminable
y rondando su ventana con pasos lentos.
Mi madre me dijo que le desabrochó
los sesenta y ocho botones de su vestido de novia
con la delicada minuciosidad de un cirujano
y que luego se detuvo un instante
para que la luna derramara sobre la cama las miles de noches
que tendrian para quererse.
Se fueron de viaje en una tartana sin prisa tirada por dos corceles blancos.
Mi madre me cuenta que, una tarde,
en la que su marido la llevó a pasear por todas las calles de Madrid,
le preguntó, algo engreído,
en una de aquellas encrucijadas y laberintos,
que si sabía dónde estaba.
Mi madre me dijo que le tomó de la mano,
levantó la mirada hacia su boca y respondió: contigo.
Me gusta recordar esa anécdota hermosa,
mi padre se reconoció vencido,
y yo envidio aquella respuesta enamorada de mi madre,
su entrega confiada.
Nunca una sensación parecida me ha estallado en el pecho.





viernes, 13 de febrero de 2026

Ayer me volvieron a ceder el asiento en el metro

Estoy trabajando en mi estudio desde un poco antes de que la mañana hiciera acto de presencia. Entró en mis ventanales, tímida y sin prisa, algo acobardada por la lluvia que anulaba su brillantez de otros días. Hoy me he saltado el gimnasio, me he escondido dentro de un mono entero con rabito y orejas de perro, kigurumi, creo que se llama y que me protege de los miedos cuando estoy en casa escribiendo o leyendo. Llevo tres cafés. Hoy no saldré a la calle. Ayer me volvieron a ceder el asiento en el metro.

Le agradecí al muchacho la atención, negué con una sonrisa y apreté con fuerza los libros sobre el pecho. Me miré en el cristal de la puerta. Vi a una mujer joven, con sombrero, con una sonrisa, con una urgencia en la mirada, con ganas de continuar de pie. ¿Qué es lo que vio el chico para querer dejarme el asiento?
Ahora estoy mirando a mi vecina del otro bloque, hace ángulo su cocina con mi estudio y siempre la recuerdo fregando con ansia los cristales, tarareando la felicidad que le procuraba la limpieza. Me enteré hace poco que ya no es ella. Se ha asomado, levantando un poco la cortina, y mira la lluvia como si de pronto descubriera el sentido de la vida. Descubriendo que ya es tarde para saber vivirla.
¿Qué vio el amable chico cuando me quiso ceder el asiento?
Le invitaría a un café, le hablaría, le diría que yo también paseé mi cintura por los veinte años; que me descalcé por calles desiertas para sentir el frío y el deseo; que dejé que me abrazaran mientras escondía la risa entre mi melena suelta; que una noche tuve miedo y encendí una vela a no recuerdo qué santo; que me equivoqué muchas veces; que he vivido y que, ahora, ahora, a estas alturas en las que me ve y me quiere ceder un trozo de seguridad por si me caigo o estoy cansada, (le agradecí de nuevo su amabilidad cuando me bajé tres estaciones después), que ahora, digo, aún, todavía, oigo en mi cuerpo la carcoma en las noches de lluvia; me llegan recuerdos a la garganta cuando escucho una canción; que, de vez en cuando, busco en aquel libro su dedicatoria; que aún siento nostalgia por aquellas historias de amor que no ocurrieron, pero que fueron vértigo y mirada, que aún perduran; que, (le diría), aún me alimento de amores que brotan cuando me creo invisible y que, debajo del sombrero guardo una carta marcada, un deseo que palpita y se niega a desaparecer, como el brillo en la mirada de mi vecina, como la mañana que hoy no ha tenido su momento de gloria.
Una tarde, en Madrid, me regalaron flores amarillas, mis preferidas. A mi espalda, un hermoso caballo, huído del tiovivo de mi infancia, me recordaba que aún hay tiempo, que no me siente aunque sea un joven guapo el que me ofrece un sitio de reposo, que siga buscando la belleza en cada esquina, que siga de novia con la vida, que baje a la calle cuando más llueva, que mire y vea, que no deje de abrazar a todos los árboles de la avenida, que le hable a la luna, que me vuelva a enamorar. Que me deje seducir, que yo no lo deje de intentar. Siempre. De nuevo.




viernes, 9 de enero de 2026

Y, al fondo, un mar

 Escribir que la vida es esto. Escribir que hay que continuar. Que no hay opción a detenerse. Seguir con el bolígrafo presto a enmascarar todo el dolor y las dudas. Es por eso que sigo, que atesoro, con ese ansia de loca, cuadernos nuevos, por eso me traigo bolígrafos de todas las mesas donde me apoyo. Por eso sigo. Porque la piel ha tomado ya la forma de declive, porque el deseo a veces no responde, porque los muertos son más numerosos que los vivos. Por puro miedo. Porque puede que esté confundida y haya desvíos que lleven todavía a la felicidad. O a creérsela. O creársela. O escribirla. Puede que hoy sea el día decisivo. Pero lo dudo. Se acostumbra el alma a la rutina y no se encuentra ya cómoda de otra manera. Y te sientas a esperar.

Y, esa forma de sonrisa que se hace mueca.
Y, al fondo, un mar.
Y la esperanza.
Y escribirla.



miércoles, 7 de enero de 2026

Estáis en vuestra casa

 Buenos días, gente guapa, amigos. Pasad, esta es mi casa donde, algunas veces,

 cuando las ansias me suben por el sendero algo torturado de mi espalda,

 me refugio y escribo. Muchos ya conocéis el alcance de mis palabras, aquí están

 textos antiguos, recién escritos o casi olvidados. 

Trece años ya que la habito. Y, aún no he encontrado aquello que buscaba. 

Pero yo continúo, porque no conozco otra forma más hermosa que esta: escribir,

jugar con las palabras, dejarme llevar por ellas. 

Sed bienvenidos. Os quiero y os necesito.

Estando ya mi casa sosegada


He descansado bien. Anoche me acosté, ya amanecida, casi rozando el filo del conticinio. Me propuse dejar la casa ordenada, en su estado original. La mascletá de emociones ya había pasado. Mi hija y su perro Rulo ya estaban de nuevo en Mallorca; los nietos, hijos y nueras, se habían despedido con las bolsas llenas de la magia de los Reyes. Y yo necesitaba quedarme con el escándalo del silencio. Mirando las cajas de los roscones en la encimera de la cocina, con las tapas mal encajadas y su diadema de nata; los helados abandonados; las pinturas camufladas bajo el sillón; la cama deshecha, aún con el dibujo de las huellas de mis tres duendecillos, de sus saltos de júbilo. Mi estudio, con restos de un tsunami.
Todo quedó en orden cuando me fui a la cama. Necesité además una ducha caliente y embadurnarme la cara con una crema que disimulara mi estupor. Mi desconcierto. Todo pasa, pensé. Hasta la alegría del caos. Antes de acostarme, en un rincón del pasillo, junto al mueble de los recuerdos, me encontré una pieza de puzzle. De Frozen. He dormido toda la noche con ella en la mano.



Ten siempre a Ítaca en tu mente

Queridos amigos de este rincón del alma. Ya hemos aterrizado en un nuevo año. Con la agenda abierta a lo incierto y lo deseado. Trescientas sesenta y cinco oportunidades de llenar de colores el lienzo en blanco de nuestra vida futura. Mojar el pincel en las entrañas y salpicar nuestro entorno de amor y alegría. Pedir que el camino sea largo, lleno de aventuras y experiencias, llegar a puertos nunca vistos antes, sin apresurarnos, que dure la travesía y atracar luego, enriquecidos de todo lo ganado. Tener siempre a ítaca en la mente. Dixit Kavafis.

Yo pido salud y talante para continuar escriviviendo. Desear que no me falten las palabras. Enredarme en historias y poesía.
Mi gente guapa, feliz año 2026
Y, recordad que os quiero.




Un dia nuevo.

Esta mañana, al despertar, la urgencia de este enero, frágil y sorprendido, se me ha enredado en la espalda, debajo del pecho, detrás de la nuca desolada. Anduve descalza por toda la casa, abriendo ventanas y futuros. Llamando en silencio y a gritos. Con ese temblor que sabes. Con el ansia que desconoces. Con ese hormigueo antiguo. Con los dientes apretados. Gozándote.

Pero la boca se mantenía ajena y los ojos permanecían abiertos.
La urgencia de este enero.
La velocidad del deseo.
Tu recuerdo.
Mi nostalgia.