He descansado bien. Anoche me acosté, ya amanecida, casi rozando el filo del conticinio. Me propuse dejar la casa ordenada, en su estado original. La mascletá de emociones ya había pasado. Mi hija y su perro Rulo ya estaban de nuevo en Mallorca; los nietos, hijos y nueras, se habían despedido con las bolsas llenas de la magia de los Reyes. Y yo necesitaba quedarme con el escándalo del silencio. Mirando las cajas de los roscones en la encimera de la cocina, con las tapas mal encajadas y su diadema de nata; los helados abandonados; las pinturas camufladas bajo el sillón; la cama deshecha, aún con el dibujo de las huellas de mis tres duendecillos, de sus saltos de júbilo. Mi estudio, con restos de un tsunami.
Todo quedó en orden cuando me fui a la cama. Necesité además una ducha caliente y embadurnarme la cara con una crema que disimulara mi estupor. Mi desconcierto. Todo pasa, pensé. Hasta la alegría del caos. Antes de acostarme, en un rincón del pasillo, junto al mueble de los recuerdos, me encontré una pieza de puzzle. De Frozen. He dormido toda la noche con ella en la mano.

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