jueves, 3 de abril de 2025

En este momento no le puedo atender.

 "Ha llamado al…, en este momento no le puedo atender, si lo desea puede dejar un mensaje después de oír la señal. Gracias.

-Buenos días, mamá.
En cuanto desayune y baje a Chewie me acercaré a tu casa".
Cuando murió mi madre, sentía cierto alivio en llamar a su teléfono, imaginarla andar por el pasillo, con esa prisa ansiosa que da el temor de no llegar a tiempo a atender la llamada, secándose las manos de alguna labor que estuviera haciendo en la cocina, o levantándose de la mecedora, con dificultad y dejando el mando de la televisión en el brazo del sillón... diga?
-Buenos días, mamá, está lloviendo mucho, no se te ocurra salir hoy a la calle. Mamá, la niña ha aprobado el examen de historia. Mamá, mi último poemario está gustando mucho.
Todo esto lo cuento en mi novela El ruido del silencio. Todo esto y más, cuento todo lo que quedó por decir, todo lo que aconteció después de su partida, aquello que le hubiera gustado saber, transmitirle ese abrazo que se quedó sin dar..., curarme.
Contarle lo que ocurrió con su tronco del Brasil, que murió el mismo día que ella y, poco a poco, desahuciado ya, quiso regalarnos el recuerdo de sus días felices.
"El otro día dejé el balcón abierto para que tu planta se vaya recuperando de la tristeza y de la oscuridad. Para que viva por ti. Una tarde me pareció ver una gota de verdor en el extremo de esa mole de abandono, me subí a una silla para comprobarlo, creí que sería el deseo de verla de nuevo florecer y sí, como si fuera un milagro, un pezoncillo de vida se abría paso entre el capullo de hojas secas. Le he preguntado a Lolo lo que tengo que hacer para intentar recuperarla y, si lo consigo, me la traeré a casa cuando se confirme la venta.
Dejé preparadas todas las fotos enmarcadas que tienes en tres montoncitos, para que mis hermanos se lleven cada uno las suyas, los cuadros que sé que quieren conservar y unos cuantos juegos de sábanas de encaje antiguo que me pidieron mis cuñadas.
Mamá, ayer me volvieron a llamar de la inmobiliaria, tienen un comprador y parece que tiene prisa. Les dije que, por lo menos en unos días, no vamos a estar. No les dimos nunca las llaves para que enseñaran la casa por su cuenta. Mis hermanos y yo, sin necesidad de decirlo con palabras, obviamos ese trámite. Tampoco ellos nos las pidieron, creo que adivinaron nuestra poca disposición, que necesitábamos tiempo y esperarían para pedirlas en el próximo encuentro. Pero no ha habido un nuevo encuentro y todavía no tengo el cuerpo para ello.
No te preocupes, venderemos la casa, está en un buen sitio y tendrá muchos pretendientes, por eso no habrá problema. Pero tenemos que esperar a que vuestra presencia no impida que la habiten otras personas. Aún estáis allí".
Hoy, esta mañana de abril, también llueve y, con el segundo café, he estado leyendo de nuevo la novela. Ya no llamo por teléfono a su recuerdo, ya han pasado más de siete años. Tengo, digo en el capítulo final, los brazos llenos de caricias que ya no sirven, pero sigo escuchando aquel ruido, aquel aullido en medio del silencio de aquella madrugada en el hospital, en que, sin querer abrir lo ojos, adiviné que acababa de quedarme sin la barandilla donde me apoyaba, ya para siempre.
… en este momento no le puedo atender, si lo desea puede dejar un mensaje..., soy yo, mamá, la loca, como me llamabas a veces, decirte que tienes unos nietos preciosos, que tus hijos están bien, que he escrito una novela en que te cuento, que sí que me cuido, que sí que sigo estando un poco loca, que sí que soy feliz... mamá, te quiero.




domingo, 30 de marzo de 2025

Hay sábanas tendidas

Se llamaba Paco. Me veía pasar con libros en la mano por delante de la gasolinera que había cerca del instituto donde yo estudiaba. Él era el gasolinero. Moreno y guapo. Un día me estaba esperando a la salida de clase y se ofreció a llevarme la pesada mochila. Así estuvo durante todo lo que quedaba de curso. Mi bello y silencioso porteador. Más tarde, durante los meses de verano, yo iba a casa de un primo de mi padre a practicar con la máquina de escribir. Estudiaba también taquigrafía y mecanografía. Y, aún no tenía máquina propia. Paco me esperaba en la esquina de mi casa, me acompañaba por toda la calle Marcelo Usera hasta principio de Legazpi, donde vivía el primo Gregorio. Se sentaba en un escalón del portal y esperaba paciente una hora hasta que yo bajaba, hartica y gozosa de aporrear las teclas. Y volvíamos a mi casa en silencio.

Una mañana de domingo mi madre miraba con insistencia por la ventana de la cocina.
-¿Qué miras, mamá?
-Ahí, que hay un muchacho mirando mucho a las sábanas tendidas, a ver si me las quiere robar.
Vivíamos en un primero y mi madre había tendido al sol de agosto unas maravillosas sábanas blancas con un encaje grande y orgulloso, eran las sábanas de su noche de bodas. Una joya para ella.
Y me asomé.
-Mamá, es Paco, el chico que me acompaña cuando voy a casa del primo Gregorio.
Yo tendría unos catorce o quince años.
No recuerdo cuánto más duró el acompañamiento ni cuando dejamos de vernos. Pero pasaron unos seis años hasta que le ví de nuevo.
Yo salía de trabajar y ahí estaba, esperándome, como en aquellos tiempos remotos. Como si, de un momento a otro, fuera a extender sus manos para llevarme la mochila llena de libros.
-Me he enterado que te vas a casar. (Teníamos una amiga en común, ella se lo habría dicho)
-Sí.
Dudó, miró al suelo, seguía siendo de pocas palabras.
-Yo pensaba... bueno... pensaba que te casarías conmigo.
Ha pasado medio siglo. Que se dice pronto. Y, a veces, cuando tiendo las sábanas para que ondeen libres al viento de mi piso trece, para que sepan del goce de volar, miro a la calle por si Paco está mirando, por si, en su línea, en su forma de entender una relación, se acerque a mí una mañana, cuando baje a pasear a Chewie, mi querido pomerania, y me diga, bajando los ojos al hormigón rosa de la acera, que él pensaba que celebraría conmigo las bodas de oro.
Todo esto se lo voy contando a Chewie mientras recorremos, a paso lento y gozando de este último domingo de marzo, las calles de mi Leganés.
Luego, le cojo en brazos, le señalo el final del paseo y le digo, mira, Chewie, ¿ves allí, a lo lejos, detrás de aquel ciprés altivo y loco?
Es la vida.



jueves, 27 de marzo de 2025

Por donde entra la luz

Quiero llorar porque me da la gana, dijo un día Lorca.

Y así estoy yo, con el segundo café y restregándome las lágrimas. De cansancio, de gozo, de vértigo y de felicidad. Desde el viernes pasado cada día ha sido feriado, mordido con ansia de loca. Almagro, Almodóvar del Campo. Montiel. Anteayer, la puesta de largo de mi poemario Por donde entra la luz. Arropada. Muy arropada. Ayer, un acto reivindicativo y necesario. Duro. De violencia, prostitución y trata. Con Isabel Valdés y Mabel Lozano. Mañana, el sexagésimo quinto encuentro de poesía, en mi casa cultural de Castilla-La Mancha.
Hoy, asimilando la dicha y llorando...
Quiero llorar porque me da la gana,
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy una mujer, ni una poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado




















jueves, 20 de marzo de 2025

Aún te recuerdo

Nací en un terreno extendido y se me siguen encendiendo los ojos en la soberbia de sus atardeceres. He vivido en siete casas, pero siempre me gusta volver a mi hogar. Me he enamorado pocas veces.

Aún te recuerdo.

Salté de un tren un segundo antes del choque inevitable y he visto casi todo. Me gusta perderme entre árboles. Me gustan mucho los árboles, el misterio de las esquinas y el silencio. Me cuesta olvidar un desencuentro. Me aterroriza la hora de dormir y continúo así al despertar. No imagino vivir sin libros, sin cinco bolígrafos escondidos en la mano y sin trescientas libretas guardadas en la despensa. Odio cocinar y las lentejas. Haro y Chewie son mis perros. Ellos lo saben todo. Busco el remanso de la siesta en todas las horas del reloj. De pequeña, la evitaba. Intento recordar el olor del pecado y sólo acude a mi boca el sabor del olvido. A veces, me acuesto con los tacones y me tiemblan las rodillas si me levanto con los labios inocentes. La lluvia me comprende, me tranquiliza y las tardes de verano me aceleran la cobardía. Soy más bien de mirar la luna. La luna y la danza voluptuosa de las hojas del álamo.

Aún te recuerdo.




lunes, 17 de marzo de 2025

Reseña, por Julián García Gallego

 

La luz que entra por las palabras
Esta tarde, en la Universidad Popular de Ciudad Real, he tenido el privilegio de compartir un encuentro literario inolvidable con Eloísa Pardo Castro, en una de esas tertulias que el Grupo Literario Guadiana organiza con tanto cariño. Sabía que sería especial, porque llevaba tiempo con esa ilusión, pero la realidad ha superado cualquier expectativa.
Desde el primer instante en que ha cruzado la puerta, con esa sonrisa luminosa y su inseparable sombrero —que no es solo un complemento, sino una extensión de su esencia—, ha conseguido envolvernos en su mundo. Hay personas que tienen el don de conectar sin esfuerzo, de llegar al otro con autenticidad y sin artificios, y Eloísa es, sin duda, una de ellas. Ya se podía intuir en los versos que hila con destreza y plasma con cariño en las páginas de sus libros, sin embargo, como suele decirse, en las distancias cortas los trampantojos suelen descubrirse. ¡Una maravilla de mujer y espero que desde ahora con tintes de amiga!
Nos ha hablado de sus libros Pronto será oro el membrillero, Besos de Nitroglicerina en el corazón, Piel, Galería de trampantojos, Haro y yo, y sus dos últimas obras, Por donde entra la luz y La mujer del sombrero. Décimas con fiebre. Dos títulos que condensan su esencia: luz y pasión. En Por donde entra la luz, nos invita a explorar los resquicios por donde la vida se filtra, a reconocer que incluso en la oscuridad siempre hay un haz iluminando el camino. Es un libro que destila sensibilidad y hondura, un reflejo de su mirada única sobre el mundo. La mujer del sombrero. Décimas con fiebre, por su parte, es una obra que confirma su maestría en la métrica y su capacidad para dotar de vida propia a cada verso. En ella, la cadencia de la décima se convierte en una danza apasionada entre la razón y el sentimiento.
Eloísa no solo es escritora, también ha sido profesora, y ese amor por la enseñanza aún brilla en sus palabras. Durante años ha trabajado con adultos, transmitiéndoles su pasión por la lengua y la literatura, ayudándolos a descubrir el poder de las palabras y el placer de la lectura. Pero hubo un momento en su camino en el que todo cambió. Hay situaciones que nos hacen despertar, son dolorosas pero curativas a la vez. Se detuvo, miró a su alrededor y comprendió que la vida era demasiado valiosa como para no seguir su verdadero sueño: ser escritora a tiempo completo. Desde entonces, cada palabra suya, cada historia, es un recordatorio de que nunca es tarde para reinventarse, para atreverse a ser quien uno quiere ser.
Hay algo especial en la manera en que Eloísa se relaciona con el mundo. Tiene la capacidad de hacer que cada persona en la sala sienta que le habla directamente, que le dedica ese momento. Su empatía no es impostada, es un reflejo de su esencia y en los tiempos que corren, bienvenida esa gente.
Los encuentros con escritores nos regalan la oportunidad de ver más allá de las hojas, de comprender lo que late detrás de cada verso, de cada historia. En cada charla, descubrimos que la literatura no es solo un arte, sino un testimonio de vida, una manera de sentir y de mirar el mundo. Escuchar a Eloísa hablar de su camino, de sus dudas, de sus certezas y de aquello que la impulsa a escribir, nos permite asomarnos a su sensibilidad más pura. Nos hace partícipes de su proceso creativo, de la magia con la que transforma vivencias en literatura. En estos encuentros, las letras cobran vida, se humanizan y nos abrazan, recordándonos por qué amamos tanto la literatura.
Entre versos, relatos y risas, no ha faltado la mención a su "chófer", su marido, el compañero inseparable que la apoya en cada viaje, en cada encuentro, en cada paso de su camino literario y personal. Es hermoso ver la complicidad que los une, el respeto mutuo que se respira en cada palabra que le dedica. Su presencia, aunque discreta, es una prueba de que el amor también se escribe en los pequeños detalles del día a día.
La Universidad Popular de Ciudad Real se ha convertido en un punto de encuentro mágico, donde la literatura y la amistad van de la mano. Y esta tarde ha sido un reflejo de ello. Me llevo la certeza de que la poesía no solo se escribe, sino que también se vive y se comparte, y que hay personas como Eloísa que, con su cercanía y su talento, logran que lo literario trascienda el papel y quede marcado a fuego en la memoria y en el corazón.
Desde lo más profundo, mi más sincera felicitación a Eloísa por regalarnos su magia, por compartir su luz con nosotros y por hacer de esta tertulia un momento irrepetible. Gracias, querida Eloísa, por ser como eres, por esa autenticidad que nos llega al alma y por recordarnos que la literatura es, ante todo, un acto de amor y generosidad.
Cuando se apagan las luces del aula donde celebramos nuestras tertulias, el ambiente que flota en el aire es la evidencia de que algo grande ha sucedido, de que esas reuniones dejan un poso especial que nos acompaña mucho después de haber salido por la puerta.



Barraleñas

Otro regalo recibido por mi visita a la Tertulia del Grupo Literario Guadiana el pasado sábado. Unos preciosos y entrañables poemas de mi amigo Manuel Mejía Sánchez-Cambronero. Gracias, maestro. Me sigue durando la felicidad.




jueves, 13 de marzo de 2025

Confesión

No os digo la verdad. Os saludo con una sonrisa todos los días, y los domingos os cuento una historia con final feliz. Me coloco una capa de júbilo para ocultar el neopreno de tristeza que me oprime la cintura. Si me veis, seguidme la corriente. Pero, ya lo sabéis, a veces miento. Este poema se esconde en mi libro "Besos de nitroglicerina en el corazón". Hace diez años que se publicó. Y sigue siendo verdad. Cada mañana tengo que saltar de la cama, con la ansiedad y el miedo estrujando sin piedad mi pecho herido. Abrir ventanas, dejar, bajo la ducha, que la incógnita corra hacia el desagüe, abrazarme al café caliente y apresar un puñado de bolígrafos para que regrese la claridad y el sosiego. Solo eso me salva, la seguridad del bolígrafo en la mano. Y el campo abierto y ofrecido de un cuaderno. Sólo eso. El miedo a la muerte, tan feroz; el hueco de tantas ausencias; la tristeza de un futuro que no será, la fragilidad del instante. Hoy, toca confesión, amigos. Sin pudor. Ya no lo tengo. Y es por eso que vuestro cariño me mantiene en pie; que el abrazo intenso del nieto me hace tambalear de esperanza, a mí, que nunca he sabido abrazar; que un pequeño escrito me ancla al mundo; que la publicación de un nuevo libro me vacuna durante un tiempo de esta enfermedad que ya se ha vuelto crónica, que la edad ha agravado; es por eso que necesito llenar libretas, leer, sentiros cerca, sentarme, durante horas, delante de mi biblioteca para agradecer. Disculpad el brote. Perdonad mi temblor. Si me veis, estaré sonriendo. Seguidme la corriente. A veces, miento.